—Pues figúrate que no he comprendido pizca de tus intenciones, y que quiero que me las pongas en la palma de la mano.
Sotileza continuó:
—Conozco bien á Andrés, porque le llevo tratao muchos años; y por eso, y por algo que me dijo esta mañana al verme aquí agonizando de vergüenza, y por el aire que usté traía al entrar en esta casa, bien puedo yo creer que haya repetido á su padre lo que yo no quise dejar sin la respuesta que cuadraba.
Don Pedro Colindres, interpretando las últimas palabras de Silda en un sentido bien poco honroso para Andrés, se picó del honorcillo y repuso con dureza:
—Pues si él te dijo lo que yo presumo, ¿qué más podías desear tú? ¿En esas estamos ahora, después de tantos pujos de humildad?
Con esto fué Sotileza quien se sintió herida en el amor propio; y para acabar primero y á su gusto aquella porfía que la molestaba, pero que debía sostener, porque le interesaba, concluyó así:
—Yo no he dicho ahora cosa que desmienta lo que dije antes. Pensé que era sobrado hablar así para que usté solo me entendiera; pero ya que me salió mal la cuenta, lo diré más claro. De caridá vivo aquí, y con estos cuatro trapucos valgo lo poco en que me tienen las gentes. Vestida de sedas y cargada de diamantes, sería una tarasca y se me irían los pies en los suelos relucientes. Malo para los que tuvieran que aguantarme, y peor para mí que me vería fuera de mis quicios. Á esta pobreza estoy hecha, y en ella me encuentro bien, sin desear cosa mejor. Esto no es virtú, señor don Pedro; es que yo soy de esa madera. Por eso dije á Andrés lo que él bien sabe; y necesito que usté me conozca, porque no quiero responder más que de mis faltas... ni tampoco que se me gane la delantera en casos como el presente; que por humilde que una sea, no dejan de doler los gofetones que se le den por humos que nunca se tuvieron. Con esto ya lleva usté más de lo que venía buscando, y yo me quedo con un cuidado de menos... Y perdóneme ahora la libertá con que le hablo, siquiera porque el sosiego de todos lo pide así.
Verdaderamente daba Sotileza á don Pedro Colindres mucho más de lo que éste había ido á buscar á la bodega de la calle Alta; pero el capitán no debía confesarlo allí, porque entendía que la confesión no realzaría gran cosa la calidad de los pensamientos generadores de aquel paso. Por eso dijo á Sotileza, por todo comentario á sus declaraciones:
—Aunque aplaudo esa honrada modestia que tan bien te está, quiero que sepas que esta vez has pecado conmigo de maliciosa... Y no hablemos más del asunto, si os parece. Olvídese todo; contad conmigo como siempre, y aun mejor que nunca... y cuídate mucho, Miguel. Adiós, Sidora... Adiós, guapa moza.
Y salió de allí don Pedro Colindres, bien convencido de que si en su casa continuaba agitándose la cola del escándalo de marras, no sería por obra de la familia de Mechelín. Esto simplificaba mucho el conflicto que le había lanzado á él á la calle; y por creerlo así, volvía al lado de la capitana bastante más tranquilo que cuando se había apartado de ella.