—Pues se hará lo posible porque lleven esta vez su merecido,—concluyó el capitán, á quien se le antojaba que el castigo de las hembras de Mocejón también desembarazaría de ciertos estorbos la situación de Andrés ante la opinión pública.
Poco después de esto se levantó para marcharse. Sotileza se levantó también; y venciendo con un visible esfuerzo de voluntad repugnancias que la combatían, le dijo así, sin apartarse de la cómoda sobre cuya meseta se apoyaba con una mano:
—Señor don Pedro, por nada de lo que se ha tratado aquí ha venido usté á esta casa.
—¿Qué dices, muchacha!—exclamó el capitán mirándola con asombro.
—La pura verdá—respondió Silda con valentía.—Y por ser la verdá, la digo sin ánimo de ofender á naide con ella... y porque quiero que vaya usté seguro de llevar por la paz lo que pensó llevarse de aquí por la guerra.
—¡Hijuca!—exclamó asustada tía Sidora.
Mechelín se incorporó sobre la cama, y don Pedro Colindres no disimuló cosa mayor la zozobra en que le ponían aquellas terminantes afirmaciones de Sotileza. Ésta continuó:
—Quiero que usté sepa, oído de mi mesma boca, que nunca me dejé tentar de la cubicia, ni me marearon los humos de señorío; que estimo á Andrés por lo que vale, pero no por lo que él pueda valerme á mí; y que si para poner ahora á salvo la buena fama no hubiera otro remedio que el que me diera llevándome á ser señora á su lado, con la honra en pleito me quedara, antes que echarme encima una cruz de tanto peso.
—¡Por vida del mismo pateta!—respondió el capitán mirando á la valiente moza con un gesto que tanto tenía de agrio como de dulce,—que no sé á dónde quieres ir á parar por ese camino.
—Pensé que sobraba la mitá de lo dicho para ser bien entendida de usté,—replicó Sotileza.