El capitán soltó, allá en los profundos de su pechazo, una interjección de las más gordas, por ciertos amargores de conciencia que comenzaba á sentir enfrente del candoroso desinterés de aquel honrado matrimonio; y para disimularlos mejor, habló así:
—Eso se da por entendido, Sidora: en mi casa no hay nadie tan inconsiderado que, por mucho que le duela lo acontecido... ¡y mira que nos duele bien! trate de haceros responsables de daños que no habéis causado... Pero se me había figurado á mí que podríais desear, y sería muy natural que lo deseárais, otra cosa muy distinta: algo... como, por ejemplo, el castigo de esas dos bribonas por medio de la justicia humana; y que os ayudara yo en el empeño, por poder más que vosotros.
—¡Uva, uva!—sonó la voz de Mechelín dentro de la alcoba.
—También se ha tratado algo de eso, señor—dijo tía Sidora muy reanimada con la actitud que iba tomando el capitán.—Pero hubo sus mases y sus menos sobre el particular. Hay quien dice que es mejor dejarlo así, porque esas cosas tocantes á la honra no conviene manosearlas mucho; y hay quien piensa que castigando á las causantes se pone la verdá más á la vista.
—¡Uva, uva!...
—Por las trazas—dijo el capitán,—¿tú estás porque eso se lleve adelante, Miguel?
—Sí, señor—respondió éste,—¡y á toa vela!
—¿Y tú, muchacha?—preguntó don Pedro á Sotileza;—tú, que eres la más interesada.
—¡También!—respondió con bravura la interpelada.
—Pues si creéis que eso conviene—añadió tía Sidora, antes que se consultara su voluntad,—que no quede por mí. No soy vengativa, señor; pero la verdá es que no se puede hacer vida con sosiego onde están esas mujeres, y que si ahora se quedan trunfantes con esa maldá, como se han quedao siempre, yo no sé lo que pasará mañana aquí.