—¿Y qué es lo que ha de decirme?—preguntó don Pedro Colindres, volviéndose con fruncido ceño hacia la alcoba.

—Pus lo que ella sabe y ahora viene al caso—respondió el marinero.—¡Anda, Sidora, ya que le tienes tan á mano! ¡Anímate, mujer, que él güeno es de por suyo!

—Sí, hijo, sí. ¿Por qué no he de decirlo?—contestó tía Sidora.—No es ello ningún pecao mortal.

El capitán estaba en ascuas, y Sotileza como una escultura de hielo en su rincón de la cómoda.

—Sepa usté, señor don Pedro—dijo tía Sidora,—que juera de las amarguras del caso, por lo que es en sí, aquí no hay otro pío que nos atormente, que el no saber lo que nos espera por lo relative á don Andrés.

—¡Á ver, á ver!—murmuró el capitán, acomodándose mejor en la silla para redoblar su atención. Si la hubiera fijado un poco en la cara de Sotileza en aquel momento, ¡qué sonrisa de hieles hubiera visto en su boca, y qué centella de ira en sus ojos!

—El señor don Andrés—continuó tía Sidora,—entraba aquí como en su mesma casa, porque debíamos abrírsela de par en par. Él merecía que se hiciera eso con él en los mismos palacios de la reina de España; y por merecerlo tanto, aquí no tenía más que corazones que se gozaban en verle tan parcialote y campechano con personas que no eran quién, ni siquiera pa limpiarle las suelas de los zapatos... Bien sabe usté, señor, que si hoy tenemos pan que llevar á la boca, al corazón de él y á la caridá de su familia lo debemos. Por no causarle una pesaúmbre y por no dársela á sus padres, ca uno de nosotros hubiera arrancao peñas con los dientes, si peñas con los dientes hubiera habido que arrancar pa ello... Pero hay almas de Satanás, señor, que enferman con la salú de su vecino... y ya sabe usté lo acontecío esta mañana... El golpe iba á la honra de esta desdichá; pero alcanzó la metá de él á don Andrés, que estaba en casa entonces como pudo estar otro cualquiera. Por lo que á nosotros nos duele, sacamos el dolor que tendrá él, y la pena y los enojos de toda su familia... Justo y natural es que así sea; pero, ¡por el amor de Dios, señor don Pedro! mire las cosas con buena entraña, y quítenos la metá de la pesaúmbre que nos ahoga perdonando la que le dimos, sin más parte en ello que la que tomó el demonio por nosotros.

—¡Uva, señor don Pedro, uva!—añadió Mechelín desde allá dentro.—¡Eso pedimos, eso queremos... que no es cosa mayor en ley de josticia y buena voluntá!

—¿Y eso es todo cuanto se os ocurre?—preguntó el capitán respirando con más desahogo que antes.—¿Eso es todo cuanto deseáis, por lo que á mí toca... por lo que pueda importarme ese suceso... por la parte que de él ha alcanzado á mi hijo?

—¿Y le paece á usté poco!—exclamaron casi al mismo tiempo tía Sidora y su marido.