No le faltaba mucho á éste para contribuir con una más á las ya vertidas allí, cuando acabó su relato entre sollozos la atribulada marinera, porque bien tenía su hijo á quien salir en muchas de sus corazonadas de carácter; pero sorteó bien el apuro, y resuelto á cumplir su propósito de examinar bien aquel terreno, ya que estaba sobre él y podía, con un poco de prudencia, hacerlo sin molestar á nadie, continuó sus investigaciones así:

—No es eso precisamente lo que yo trataba de averiguar, Sidora, aunque me alegre de saberlo.

—Usté dirá, señor.

—Quería yo que me dijérais qué impresión los ha causado el suceso...

—Pues bien á la vista está, señor...

—No es eso tampoco... no he hecho yo la pregunta bien. ¿Qué propósitos tenéis después de lo ocurrido? ¿á quién echáis la culpa?...

—¡La culpa!... ¿Á quién se la hemos de echar? Á quien la tiene: á esas pícaras de arriba... Bien claro lo ha dicho tamién esta desgraciá...

—Ya, ya; ya me he enterado. Pero suele suceder, cuando se examinan en familia casos como ese de que tratamos, que unos dicen que «si no hubiera sido por esto, no hubiera acontecido lo otro;» y que «si tú,» y que «si yo,» y que «si el de más allá...» en fin, ya me entiendes. Luégo viene el ajuste de cuentas, digámoslo así; y lo que debe Juan, y lo que debe Petra... y lo que debiera suceder... y lo que sucederá... y lo que se espera... y lo que se teme...

—¡Lo que se espera!... ¡lo que se teme!—repetía la pobre mujer mirando de hito en hito al capitán.

—¡Díselo, Sidora, díselo, que ahora es la ocasión!—voceó desde su cama Mechelín.