El capitán, encarándose á ella, la dijo con cierta sequedad:

—Es preciso que yo sepa, de tu misma boca, lo que ha pasado aquí esta mañana. ¿Tienes ánimos para referirlo, pero sin quitar un ápice de la verdad, ni añadir una tilde que la desfigure?

—Sí, señor,—respondió con entereza la interrogada.

—Por supuesto, Miguel—añadió don Pedro Colindres volviéndose hacia la alcoba,—en el supuesto de que el relato no sirva de cebo á tus males; porque, aunque el caso apura, no es puñalada de pícaro. Yo volveré á otra hora...

—No, señor don Pedro—se apresuró á responder Mechelín,—no hay pa qué molestarle á usté más; porque, apurámente, relate es ese que hasta me engorda el oirle. Y no se espante de ello; que consiste en que, cuanto más me repiten el caso, más me voy hiciendo á él y menos me daña acá dentro... Cuenta, cuenta, saleruco de Dios, sin reparo de ná, pa que se entere bien el señor don Pedro.

—Y bien puede usté creer al venturao—añadió tía Sidora;—que, por gusto de él, no se hablara de otra cosa en todo el santo día de Dios en esta casa.

Con estas manifestaciones y la buena y bien notoria voluntad de Silda, comenzó ésta á referir el suceso con los mismos pormenores que le había referido Andrés en su casa.

—Exactamente—dijo el capitán, apenas acabó Sotileza su relato.—Lo mismo que yo sabía hasta donde tú lo has dejado. Pero, después acá, ¿qué más ha ocurrido?

—Señor... yo á punto fijo no lo sé, y no puedo responderle más.

—Á lo que paece, y por lo que cuentan los vecinos que aquí van entrando—dijo tía Sidora,—el mal enemigo que lo regolvió dende abajo, se vió á pique de que le arrastraran las gentes por el moño. Porque antes de que esta venturá saliera de su cárcel, ya ellas habían [contreminao] la calle entera con injurias y maldaes... ¡Si no medran de otra cosa, señor! Después, la de abajo subió y se encerró en casa con la otra, sin atreverse á abrir las puertas del balcón, porque habían sembrao muchos agravios, y, por malas que sean, tenía que pesarles la obra en la concencia... siquiera por el miedo... Luégo llegaron de la mar el padre y el hijo: aticuenta que la noche y el día; y rifieren que hubo en la casa una tempestá, porque al uno, arrimao á las pícaras con la mala intención, too le paecía poco; y al otro venturao se le partía el corazón y se le caía la cara de vergüenza. Creo que maltrató á la hermana, y estuvo en poco que no le alcanzaran golpes á su madre. Aquí ha bajao... no sé cuántas veces: de aquella entrá no pasa; y allí se está arrimao á la paré, con las manos en las faltriqueras, el ojo airao y la greña caída. No dice jus ni muste, por más que se le anima pa que vea que no se le cobran á él pecaos de su casta... y se güelve como entró... Hay quien dice que se puede hacer bueno, con testigos, lo que esos demonios de mujeres dijieron y traficaron pa perdición de esta casa; y que no deben quedar tantas maldaes sin castigo... Y esto es too lo que le podemos decir á usté, señor don Pedro, por lo que nos cuentan de lo que ha pasao en estas horas que llevamos arrinconaos en esta soledá tan triste... Tocante al probe Miguel, ya se puede usté hacer cargo: es viejo, está muy achacoso; encontróse con esto al llegar á casa... ¡él, que había salido de ella hecho unas tarrañuelas!... y cayó desplomao; vamos, desplomao como una paré vieja... De modo que no es de asombrarse naide porque á esta desventurá y á mí se nos escape la lágrima de tarde en cuando. ¡Han visto tan pocas las paredes de esta casa, señor don Pedro!