Al fin, y queriendo mostrarse más entero de lo que estaba, dijo á las angustiadas mujeres:
—¿Qué mil demonios está pasando aquí?... Vamos á ver... Porque lo de Miguel no es para tanto moquiteo.
—¡Ay, señor!—respondió la marinera entre sollozos ahogados,—¡eso, después de lo otro!...
—Y ¿cuál es lo otro, mujer?
—¡Lo otro!... Pos pensaba yo que por ello sólo venía usté.
—¡Uva!—dijo tío Miguel desde su cama.
Al capitán se le amontonaron en la cabeza todos los recuerdos de su reciente entrevista con Andrés; y la mala sangre que las imprudencias de éste le habían hecho, le obligó, retoñando de pronto, á decir con mucha exaltación:
—Es verdad, Sidora: por ello sólo he venido aquí. ¿Te parece bastante motivo para el viaje?
—Y sobrao, con más de la mitá, señor,—respondió la pobre mujer acoquinada.
Silda, que no podía tenerse de pie, volvió á sentarse en el mismo rincón en que la vimos antes.