Sotileza se mordió los labios y cerró los ojos apretando mucho los párpados, como si la atormentaran internas visiones siniestras. Tío Mechelín lanzó un quejido angustioso y se revolvió en su lecho.
—¿Quieres que te cambie el reparo, Miguel?—preguntóle tía Sidora, acercándose presurosa á la cabecera de la cama.
—No hay pa que te canses en ello por ahora—respondió Mechelín tras un profundo suspiro; y añadió por lo bajo, aproximando lo más que pudo la cabeza á su mujer:—Trabaja por aliviar la pena á ese angeluco de Dios, y no te alcuerdes de mí, que con la melecina de este descanso estoy tan guapamente.
Pero á Silda, aunque los agradecía mucho, la mortificaban ya los consuelos de aquella especie. ¡Había oído tantos desde el mediodía! Conociólo tía Sidora; calló, y volvió á reinar el silencio en la bodega.
Así estaba el cuadro cuando se oyeron golpes á la puerta, que estaba trancada por dentro. Salió á abrir la marinera, después de secarse los ojos con el delantal, y se halló frente á frente con don Pedro Colindres, cuya actitud airada espantó á la pobre mujer. Temiéndose lo más malo, de buena gana le hubiera pedido un poco de caridad para el desconsuelo y los dolores de aquella casa; pero no se atrevió á tanto; y don Pedro, tras brevísimas y secas palabras, entró en la salita precediendo á tía Sidora. Sotileza, al verle delante, con la sangre helada en sus venas se levantó repentinamente; y tío Mechelín, al conocer la voz del capitán, se arrojó de la cama al suelo. Pero le engañó la voluntad, y sólo pudo llegar hasta la puerta de la alcoba, á cuyo marco se agarró para no desplomarse.
—¿Qué es eso, Miguel?—preguntóle Colindres, sorprendido con la aparición del pobre marinero, tan pálido, desfallecido y desencajado.
—Poca cosa, señor don Pedro; poca cosa—respondió con angustia, aunque tratando de sonreir, el interrogado.—Quería yo recibirle á usté con los honores que aquí se le deben, y me falló el aparejo... vamos, que me equivoqué.
Y como el pobre hombre se desfalleciera más al hablar así, el mismo capitán le cogió en sus brazos, y, ayudado de las dos mujeres, le volvió á la cama.
—Ya soy hombre otra vez, señor don Pedro—dijo Mechelín un momento después de hallarse tendido sobre el lecho.—Está visto que en dándole al cuerpo esta melecina, no pide cosa mayor... por la presente.
Cuando se volvió el capitán hacia las dos mujeres que habían salido de la alcoba, observó que lloraban en silencio. El corazón del viejo marino, aunque envuelto en corteza ruda, era, como se sabe, blando y compasivo. No hay, pues, que extrañar que el padre de Andrés, al llegar el momento de soltar aquellas tempestades que le batían el cerebro al salir de su casa, no supiera por dónde comenzar, ni cómo arreglarse para exponer la razón de su presencia en medio de aquel triste cuadro.