—¿Y te paece poco, Miguel... te paece poco!—replicábale su mujer.

—Poco, Sidora, poco—tornaba á decir el marinero;—y menos me paeciera entoavía, si ese angeluco de Dios no penara tanto y considerara que no tiene faltas de qué avergonzarse, ni siquiera señal de culpa en lo que ha pasao.

—Eso la digo, Miguel, eso la digo yo; y á ello me responde que de qué sirve la verdá si no hay quien la crea.

—¡Dios que la ha visto, hijuca; Dios que la ha visto!—exclamó entonces Mechelín desde su cama.—Y con ese testigo á tu favor, ¿qué importa el mundo entero en contra tuya?

—Pos ni ese enemigo tiene, Miguel; porque aquí ha visto entrar la calle entera á condolerse de su mal y á poner á las causantes en el punto que merecen... Pero ¡válgame el santísimo Nombre de Jesús!... ¿de qué mil diantres estarán hechas esas almas de Satanás?... ¿por qué serán tan negras?... ¿qué recreo sacarán de causar tantos males á criaturas que no los merecen? ¿Cómo pueden vivir una hora con una entraña tan corrompía?...

—¡Esas, esas!—exclamó Silda entonces, reanimándose un instante con el aguijón de sus punzantes recuerdos.—¡Esas son las que me han clavao un puñal aquí... aquí, en metá del corazón!... ¿Y no habrá justicia que las castigue en el mundo antes que Dios las dé allá lo que merecen?...

—Tamién se tratará de eso, hijuca; que por onde cogelas hay, según es cuenta—repuso tía Sidora.—Y si la nuestra mano no bastara pa ese fin, otras habrá de más alcance y bien interesás en ello. Ya se te ha dicho. Alcuérdate de que no has sido tú sola la ofendía.

—¡Uva, uva!—dijo tío Mechelín.

—Porque me acuerdo de ello se me dobla la pena,—replicó Silda con una intención que estaban muy lejos de conocer tía Sidora y su marido.

—Verdá es—dijo aquélla,—que respetive á ese otro particular, no pudo la mancha haber caído en paño que más estimáramos... ¡Cómo ha de ser, hijuca!... un mal nunca viene solo... Pero Dios está en los cielos, y hará que esa persona no se ofenda con los que no están culpaos en su daño. Él vino por su pie, naide le llamó; y el recao que traía, bien pudo traerle en ocasión de menos riesgo... ¡Riesgo digo yo! ¿Cómo había de recelársele tan siquiera ese corazón de oro!... Y tocante á las gentes de su casa, tamién se pondrán en la razón pa no creer que los pagamos con afrentas los favores que han sembrao aquí. ¿No te haces tú este cargo, hijuca?...