Dejó las calles del centro porque se asfixiaba en ellas, y enderezó sus pasos hacia los suburbios.
Cuando llegó á los gigantes plátanos de Becedo, se acordó de que á dos pasos de allí vivía el padre Apolinar. Tuvo grandes tentaciones de subir á su casa para referirle cuanto le ocurría... Pero ¿qué adelantaría con ello? ¿Qué sabía el pobre fraile de las cosas que le pasaban á él? ¿Qué prestigio era el suyo ante un hombre como don Pedro Colindres, para calmar sus arrebatos y reducirle á la razón?... ¡Á la razón! Pero ¿sabía el mismo Andrés por dónde debía comenzar la defensa de su pleito, ni si el pleito era defendible, ni si era pleito siquiera? ¿De qué se trataba, en substancia? De un supuesto que él intentaba imponer á su familia como deber de la honra, y de una tenaz resistencia de su padre á reconocerlo así. ¿Cabían mediadores serios en una porfía semejante? Y aunque cupieran, ¿era creíble que se prestara nadie á sostener la causa del hijo contra la autoridad de los padres irritados? Y aunque se prestara, ¿cómo habían de darse éstos por vencidos, si el declararlo así era la humillación y el desprestigio de los derechos indiscutibles que tenían como dueños y señores suyos? Además, bien considerada su actual situación, ni siquiera procedía directamente de este desacuerdo, sino del altercado que produjo; de su propia obstinación en no declarar lo que su padre pretendía, y de las durezas con que éste le reprochó su rebeldía inusitada. Éste era el caso; y para su resolución definitiva, no veía otro agente que el tiempo, cuya marcha fatal é inalterable borra las grandes impresiones del ánimo, apacigua las batallas del cerebro, cambia la faz de las cosas y enquicia el humano discurso. Por entonces no estaba el pobre mozo más que para sentir y para padecer.
Rendido, al cabo, de dar vueltas en aquel paseo, sentóse en el banco más retirado y sombrío. Pero allí le asaltaron, con furia implacable, los recuerdos de la calle Alta. ¿Qué habría pasado en la pobre bodega desde que él había bajado á la ciudad después del gran escándalo? ¿Qué efecto habría causado éste en los honradísimos viejos, al volver cada cual de sus quehaceres? ¡Qué pensarían de él! ¡Qué les habría dicho Silda!... ¡Y las palabras de ésta, respondiendo á su hidalgo ofrecimiento, tan desdeñosas, tan crudas, hallándose los dos en lo más imponente del conflicto!...
Y eslabonando con este recuerdo el de todo cuanto le había pasado desde entonces, y la consideración de lo que le estaba pasando, embravecióse más y más la tempestad de su cabeza; pensó volverse loco bajo el fragor de aquella lucha de ideas incongruentes y de conclusiones desesperantes, y se levantó nervioso y agitado; y volvió á moverse de un lado para otro; y anduvo, y anduvo, sin saber por dónde, hasta que al cabo de una hora bien corrida, notó que se hallaba al otro extremo de la ciudad y á dos pasos de la Zanguina. Bullían los mareantes de Abajo en derredor de ella; y por esta sola razón, trató de apartarse de allí. Le espantaban las gentes conocidas. Pero ¿á dónde iba ya? Miró su saboneta de oro y vió que marcaba las diez y media. Á las diez acostumbraba él á retirarse á casa todas las noches. Ya estaría su madre echándole en falta, y quizá muerta de angustia recordando de qué modo había salido á la calle... Pero ¡volver á casa en la situación de ánimo en que se hallaba él, y tener que presentarse delante de su padre que le había arrojado de allí con prohibición terminante de no acercársele mientras siguiera pensando del modo que pensaba!... ¡Y al día siguiente, vuelta á lo mismo; y además el presidio del escritorio, donde ya se sabría todo lo que le pasaba!... ¡Qué infernal complicación de contrariedades para el fogoso y alucinado muchacho!
Mientras su discurso recorría vertiginosamente estos espacios, con grandes señales de optar por lo menos cuerdo, sintió un golpecito en la espalda y una voz que le decía:
—¡Varada en peña, don Andrés!
Volvióse éste sobrecogido, pensando que alguien se entretenía en leerle los pensamientos, si es que no había estado él pensando á gritos, y conoció al bueno de Reñales, patrón de lancha de los más formales y sesudos del Cabildo de Abajo.
—¿Por qué me lo dice usted?—le preguntó Andrés.
—¿No ve cómo anda por aquí esta probe gente, como rebaño á la vista del lobo?
—Y ¿por qué es eso?