—¡De ningún modo! No hay necesidad de alborotar el barrio. Yo estaré aquí, ó en la Rampa, á la hora conveniente; y si no estoy, se larga usted sin esperarme. Entre tanto, quédese esto entre los dos, y no diga usted una palabra de los propósitos que tengo... Pudiera no ir; y no hay necesidad de que se atribuya el caso á lo que no es.
—¡Je, je!... Vamos, eso es decir que no está usté muy seguro de que á última hora...
—Justamente... Pudiera no estar tan animoso entonces...
—Y recela que se le tenga por encogío...
—Eso es.
—Pus no lo creería quien le conozca, don Andrés.
—¡Quién sabe!... Por si acaso, punto en boca, y lo dicho.
—Nunca supo hablar la mía pa descubrir secretos.
—Hasta mañana, Reñales.
—Si Dios quiere, don Andrés.