—¿Se puede?
Apresuróse Tolín á abrir, y entró Luisa de puntillas, con la palmatoria sin luz en una mano, y el índice de la otra sobre los labios. Iba muy pálida, bastante ojerosa y no poco trémula de manos y de voz. Cerró cuidadosamente la puerta por dentro y dijo á su hermano, que la contemplaba atónito, señalándole una silla junto á la mesa sobre la cual continuaba la cartera atestada de dibujos y acuarelas:
—Siéntate ahí.
—Pero ¿qué te pasa, mujer?—preguntóla Tolín, volviendo á vestirse la tuina y con los ojos muy azorados.
—Ya lo sabrás—respondió muy bajito la interpelada.—Pero no alces la voz ni hagas ruido, porque no hay necesidad de que sepa nadie que te he hecho yo esta visita.
Tolín se sentó, y Luisa se quedó de pie delante de él, sin querer aprovechar la silla que su hermano puso á su lado, ofreciéndosela con insistencia.
—No quiero sentarme—dijo Luisa:—hablo mejor así, de arriba abajo, tal como estamos... Cara á cara, puede que no fuera yo tan valiente contigo como necesito serlo ahora... En fin, hombre, dejemos estas boberías... ¡Ay, Dios mío de mi alma!... Mira, Tolín: si llego á meterme en la cama con este escozor que siento por acá dentro; si no me aventuro á desahogarme un poco contigo, creo que me da algo esta noche... que me muero, vamos, lo mismo que te lo digo... ¡lo mismo, Tolín!
Tolín, cada vez más consumido por la curiosidad de saber qué le pasaba á su hermana, insistió de nuevo con ella para que acabara de explicarse.
—Á eso voy—dijo Luisa con más deseos que valor para hacerlo.—¿Tú has oído bien la historia que contó papá en la mesa?
—Sí que la he oído.