De lo que ocurrió en la punta del Muelle con ocasión de embarcarse los mareantes de la leva para el servicio de la patria, debo decir yo aquí muy poco después de haber consagrado en otra parte[4] largas páginas á ese duro tributo impuesto por la ley de entonces al gremio de pescadores, en compensación del monopolio de un oficio que cuenta, entre sus riesgos más frecuentes, los horrores de la galerna. Diré, por decir algo y porque no quede el asunto sin los debidos honores, que fué tan imponente como sencillo el cuadro final de aquel triste espectáculo: dos lanchas atestadas de hombres, al Este del Martillo, arrancando, á fuerza de remo, hacia San Martín; sobre el Martillo, una muchedumbre descubierta y encarada á las lanchas; descollando sobre todas las cabezas, otra cabeza, gris, medio oculta por unas espaldas encorvadas, y, unido á estas espaldas, un brazo negro que trazaba una cruz en el espacio.
[4] «Escenas Montañesas.»
Y como no queda otro asunto por ventilar de los tocantes á este libro, dejémoslo aquí, lector pío y complaciente, que hora es ya de que lo dejemos; mas no sin declararte que, al dar reposo á mi cansada mano, siento en el corazón la pesadumbre que engendra un fundadísimo recelo de que no estuviera guardada para mí la descomunal empresa de cantar, en medio de estas generaciones descreídas é incoloras, las nobles virtudes, el mísero vivir, las grandes flaquezas, la fe incorruptible y los épicos trabajos del valeroso y pintoresco mareante santanderino.
Santander, noviembre 1884.
SIGNIFICACIÓN
DE ALGUNAS VOCES TÉCNICAS Y LOCALES USADAS EN ESTE LIBRO, PARA INTELIGENCIA DE LOS LECTORES PROFANOS
A