Cleto se abalanzó á la tibia medalla, y la cubrió de besos, y se santiguó con ella y volvió á besarla, la arrimó á su corazón y, por último, la colgó de su cuello; y entre tanto, soltando gruesos lagrimones de sus ojos, decía acelerado y convulso:

—¡Bendita sea la bondá de Dios, que tiene tanta compasión de mí!... ¡Esto es más de lo que yo quería, paño!... ¡Que vengan penas ahora!... ¡Ya tengo bandera!... ¿Quiere saber anguno lo que Cleto es capaz de hacer?... Pos que se me pida que la arríe, ú que me aparte de ella... Tío Miguel... tía Sidora... señor don Pedro... pae Polinar... no llevo más que una pesaúmbre ya... Aquel hombre, paño... ¡cómo se queda!... Tendío le dejo encima del jergón... No sé si es malenconía... ú cafetera... porque de días acá, no tiene calo pa el aguardiente. ¿Qué va á ser de él en aquella soledá!... Yo hacía mucha falta en casa, ahora más que nunca; pero la ley es ley, y no tiene entraña... Por caridá siquiera... ¡que no fenezca en el desamparo!... Yo bien sé que en esta casa no hizo méritos pa tanto; pero es mi padre, y es viejo... y se ve solo... Una vez que otra... ¡paño!... hacer que tome cosa caliente... Y, vamos, olvidar el agravio por caridá de Dios...

Tranquilizaron todos á Cleto, prometiéndole que se miraría con mucho interés por su padre; y en seguida comenzaron las despedidas. Cuando tocó su vez á tío Mechelín, pidió éste un abrazo á Cleto; y estando abrazados los dos, dijo el enfermo marinero arrimando la boca al oído del mozo:

—Yo no lo veré ya, Cleto; y por eso te quiero decir ahora lo que entonces no podré decirte. Te llevas una compañera que no merece ningún hombre nacío. Si allegas á hacerla venturosa, han de tenerte envidia hasta los reyes en sus palacios; pero si la matas á pesaúmbres, no cuentes con el perdón de Dios.

Cleto, por toda respuesta, apretó al viejo entre sus brazos; y como ya no estaba su serenidad para muchas ceremonias, desprendióse de tío Mechelín y salió precipitadamente de la bodega.

Padre Apolinar se encasquetó su sombrero de teja y salió corriendo detrás de él.

—¡Aguárdate, hombre!—le gritaba,—que voy yo á despedirme de vosotros en la punta del Muelle. ¡Pues no faltaba más, cuerno, que os embarcárais sin la bendición de Dios por esta mano pecadora!

Y mientras don Pedro Colindres se quedaba un rato en la bodega animando á tío Mechelín á que echara una pipada, tratando de paso el punto de la soledad de Mocejón, pae Polinar salió á la calle y alcanzó á Cleto, que era ya el último que por ella andaba de los de su Cabildo comprendidos en la leva.

La pública curiosidad todo lo convierte en substancia. Por eso los balcones del último tercio del Muelle estaban llenos de espectadores cuando el padre Apolinar y Cleto pasaban por allí caminando hacia el Merlón, cuajado, como su rampa del Este, de mareantes y de familias de mareantes de los dos Cabildos, y de una muchedumbre de curiosos de todos linajes.

Si el padre Apolinar hubiera sido reparón y estado en autos, quizás habría dado alguna importancia maliciosa á la intimidad con que departían Luisa y Andrés en uno de los balcones de la habitación de don Venancio Liencres, sin hacer caso maldito de lo que pasaba en la calle, ni en la cara que pondrían Tolín y su madre, que estaban detrás de ellos. Pero, por no reparar, el santo varón ni siquiera reparó en la capitana, que iba por la acera, hecha un brazo de mar y mirando de reojo al primer piso, bañándosele la faz de complacencia, quizá por ver tan bien entretenido á aquel diablo de muchacho.