Pero ni Silda ni Mechelín ni tía Sidora estaban para contestar: aquélla, porque cayó en una especie de estupor difícil de definir; y los otros dos, porque comenzaron á lloriquear. El capitán añadió:

—Todo ello no vale dos cominos, padre Apolinar; pero aunque valiera, harto lo merecen aquí; y tú más que nadie, muchacha... porque yo me entiendo. Con que ánimo, que joven eres, y tres años luégo se pasan...

—¡Virgen del Mar! dame vida no más que para verlo,—exclamó tío Mechelín entre sollozos, casi al mismo tiempo que decía su mujer:

—¡Bendito sea el Señor, que pone la melecina tan cerca de la llaga!

En esto entró Cleto. Vestía camiseta blanca con ancho cuello azul sobre los hombros; cubría la mitad de su cabeza con una gorra azul, con largas cintas colgando por atrás, y llevaba al brazo un envoltorio que era todo su equipaje. Estaba guapetón de veras. Entró con aire resuelto; y dirigiéndose en derechura á la moza, sin reparar cosa mayor en las personas que estaban con ella, la habló así:

—Un ratuco me queda, no más, Sotileza. Á aprovechale vengo pa saber el sí ú el no; porque sin el uno ú el otro, no salgo de Santander anque me arrastren... Y mírate bien antes de hablar... Con el sí, no habrá trabajos que allá me asusten; con el no, me voy pa no golver... ¡Lo mesmo que la luz de Dios que nos alumbra!

Había entonces en la actitud de Cleto cierta ruda grandeza que le sentaba muy bien. Sotileza le respondió, envolviendo sus palabras sonoras en una hermosa mirada de consuelo:

—El sí quiero darte, porque bien merecido le tienes... Mejor que yo el empeño con que le deseas.

Después, llevando sus manos alrededor de su blanquísimo y redondo cuello, por debajo del pañuelo que se le guarnecía, se quitó una cadenilla de la que pendía una medalla de plata con la imagen de la Virgen, y añadió entregándosela:

—Toma, pa que el camino de la vuelta se te allane mejor. Y si alguna vez te quita el dormir una mala idea, pregúntale á esa Señora si yo soy mujer de faltar á lo que ofrezco.