—¿Creen ustedes—preguntó sin altanería, pero con gran entereza,—que eso que desean es lo que conviene á todos?
Y todos respondieron, unísonos, que sí.
—Pues que sea,—concluyó Silda solemnemente.
—¡Pero sin que se te atragante, hijuca!
—¡Sin que te sirva de calvario, saleruco de Dios!
Á estas exclamaciones de los conmovidos viejos, replicó Sotileza:
—No hay cruz que pese, con buena voluntá para llevarla.
En aquel instante entró en la bodega don Pedro Colindres. Padre Apolinar le contó lo que acababa de suceder allí, y el capitán dijo:
—Me alegro con toda el alma. Cabalmente venía yo á ayudar con mi consejo, sabiendo lo que el tiempo apura. Que sea enhorabuena, muchacha... Y ya que no puedes creer que lo pongo por cebo para que te resuelvas, me brindo á ser padrino de la boda, y quiero que tengas entendido que yo me encargo de que al día siguiente de ella, sea Cleto patrón de su propia lancha. Y si el oficio no os gusta, tampoco han de faltaros ni el taller ni la herramienta para otro que os guste más. ¿Sabéis lo que quiere decir esto en boca de un hombre como yo?...
—¡Éstas son almas, cuerno!... ¡Esto es alquitrán de lo fino, jinojo!—exclamó padre Apolinar, retorciéndose en tres dobleces debajo de su ropa.—¿Lo ves, Silda?... ¿Lo ves, Miguel?... ¿Lo ves, Sidora? ¿Ves cómo Dios está en los cielos y tiene para todos los que lo merecen?...