Padre Apolinar la apremió valerosamente para que resolviera allí mismo el caso en cuestión, y expuso las razones que había para que la resolución fuera ajustada á los deseos de sus cariñosos protectores.

—¿Tienes tú—la preguntó el fraile—algún propósito entre cejas, que se oponga á ese proyecto?

—No, señor,—respondió Silda con gran serenidad.

—¿Hallas en Cleto algo que te repugne, más que la pícara hebra de toda su casta?

—No, señor. Cleto, por sí, es todo cuanto podría apetecer una pobre como yo. La verdá en su punto. Es bueno, es honrao... y hasta pienso que me tiene en más de lo que valgo...

—Pues entonces, jinojo, ¿qué más quieres? ¿Á qué esperas después de lo que se te ha dicho?... Á veces, cuerno, parece que te empeñas en que se crea que te gozas en pagar con pesadumbres lo que por tí se desviven estos pobres viejos.

—¡Eso nunca lo pensaremos, hijuca!—exclamaron casi á un mismo tiempo los dos.

El fraile no se acobardó por eso, y añadió en seguida:

—Pues lo pensaré yo solo... ¡y cualquiera que tenga los sentidos cabales!...

Silda se quedó unos momentos silenciosa; y como si le hubiera dolido la observación del padre Apolinar, ó se preparara á tomar una resolución heróica,