Está allí el padre Apolinar; y mientras tía Sidora y Sotileza traginan tristemente y en silencio, él pasea por la salita conversando con Mechelín, que se calienta con los rayos del sol que penetran por la ventana, sentado en una silla, muy cargado de ropa, descolorido y descarnado. No apetece ya la pipa, y sus ojos tristes lo miran todo sin curiosidad. Estuvo á pique de morir. Confesóse con el fraile; le viaticó éste después, y al día siguiente «ya había un poco de hombre.» Fué reviviendo algo más; y en cuanto pudo ponerse derecho, saltó de la cama que le entristecía mucho. Contaba con llegar á restablecerse lo necesario para volver á sus faenas de bahía. Cosas de viejos achacosos que parecen, como los niños, la flor de la maravilla. Sólo que en los viejos achacosos cada zarpada de los achaques se lleva una buena tajada entre las uñas. El médico del Cabildo alentaba sus esperanzas; pero yo tengo para mí que otra le quedaba dentro al buen doctor.

La mañana había sido de prueba para el pobre viejo. Como no podía salir de casa, habían estado á despedirse de él todos los mareantes que se llevaba la leva, y faltaba Cleto todavía. Colo había estado con Pachuca. Lloraba la infeliz, que se deshacía. En la bodega fueron todos á consolarla; pero cuantos más consuelos la daban, más angustiosos eran sus gemidos. Al mismo tiempo, la calle parecía un mar de lágrimas; y cada vez que tía Sidora y Sotileza salían hasta el portal para llorar con los que lloraban, Mechelín oía los tristes rumores y sentía también la necesidad de llorar un poco, y lloraba al cabo; porque sobre la pena de todos los que lloraban, él tenía la del temor de no volver á ver en el mundo á aquellos camaradas que se iban.

Pero, en fin, esto había pasado y se había hablado mucho sobre ello en la bodega; y se estaba hablando ya de otro asunto, sobre el cual decía el padre Apolinar, al llegar nosotros á enterarnos de lo que allí sucedía:

—Eso no debe extrañarte á tí, Miguel. Después de lo ocurrido en esta casa, no cabe otra conducta en un hombre honrado. Ponte en los casos, Miguel; ponte en los casos.

—¿Pos no ve usté cómo me pongo, pae Polinar?—respondía el marinero.—Y porque me pongo, no me extraño de ná. Pero una cosa es no extrañarse, y otra cosa el sentir de la persona. Hace bien en no golver por aquí, por el bien paecer suyo y de los demás... ¡Pero estaba uno tan hecho á verle, y le quería uno tanto!... ¡Y esto de que yo no haiga podío darle un abrazo, uno tan siquiera, dempués de haberle sacao Dios con vida de aquel apuro en que tantos enfelices perecieron!... Cierto que se le dí á su padre... ¡me atreví á ello, vamos! ¿Creerá usté, pae Polinar, que con ser quien es el capitán, ¡el mesmo roble!... lloraba como una criatura? ¡Buen señor es! Dende que pasó lo que pasó, él aquí viene á menudo... él mira por mí... él mira por estas mujeres... él tiene consuelos pa toos... él quiere que no me falte ná... ¡ni el cuarto de gallina pa el puchero!... ¿Se pué pedir cosa como ella? Too esto, sobre aquellos intereses que me mandó su hijo por mano de usté... que ahí están, guardaos en el arca, sin saber uno qué hacer de ellos; porque de unos días acá esto es anadar en posibles... ¡Hasta la manta doble, señor, y los rufajos nuevos, y las libras de chacolate, de parte de la señora!... Vamos, que no se cansan. Y yo que lo veo, no acabo de entender por qué Dios me da esta vejez tan regalona; quién soy yo pa acabar entre tantos beneficios... Pero, golviendo al caso, no puedo menos de confesar que me cuesta mucho hacerme á no ver en esta casa á esa criatura de los mesmos oros del Potosí... Es cosa de la entraña de uno, y no se puede remediar... Y á la que más y á la que menos de esas mujeres, le pasa otro tanto como á mí... ¡La entraña tamién, hombre... la entraña neta!

—Corriente, Miguel, corriente—repuso el padre Apolinar, paseándose delante del cariñoso marinero.—Todo eso es la verdad pura, y no se falta con ello á la ley de Dios, que quiere corazones agradecidos y lenguas sin ponzoña. Punto arreglado y materia concluída. Pero hay otro que no puede dejarse como está, Miguel; que te importa mucho á tí, y á todos los de tu casa... ¡mucho, cuerno!... ¡pero mucho!... y ha de quedar arreglado hoy... ahora mismo; porque dentro de poco ya será tarde... Y mira, Miguel: contando con ello y no fiando cosa mayor en mis propias fuerzas, porque, con ser muchas, no alcanzan siempre contra las terquedades del jinojo, he hablado al señor don Pedro y me ha prometido darse por acá una vuelta para ayudarme en el empeño... que es hasta obra de misericordia, ¡cuerno si lo es! ¡y de las más gordas!... Lo malo es que tarda; ¡y si se va antes el otro!... Bien lo sabes tú, Miguel: el mozo puede morir, pero el viejo no puede vivir... ¡Y si tú llegas á faltar!... ¡y tu mujer en seguida!... ¿Eh?... ¿Qué te parece?

—Ya me hago cargo, pae Polinar, y bien sabe usté cuál es la voluntá de uno; pero no es la de ella tan clara como conviene, y ese es el mal...

—Pues ha de aclararse como se debe esa voluntad, Miguel, y sin tardanza, y en el sentido que conviene; porque ya la casa está libre de espantos; ya se puede entrar aquí á la luz del mediodía, y toser recio en el portal; porque la carne corrompida está en su pudridero conveniente. Cierto que hay tres años de por medio hasta que ese venturao cumpla, y que en ese tiempo pueden salir ellas de la cárcel, si es que no van á galeras, como se cree que sucederá; pero aunque no vayan, ó el castigo no las mate, y se vuelvan á su casa y de nada les sirva el escarmiento, ¿qué se nos importa á nosotros, jinojo? Buenos valedores tenemos; y, en último caso, se muda de vecindad y hasta de barrio, si es preciso... ¡Que hay que llevarlo á cabo, Miguel, sin remedio ninguno, jinojo... y caiga quien caiga! El mozo es un pedazo de pan, y ella no ha de quedarse para monja... ¡Cuerno, que no puede pasarse por otro camino!... ¡Silda! ¡Silda!... Ven acá. ¡Y ven tú también, Sidora!

Y las dos acudieron sin tardanza, desde la cocina.

En Sotileza se notaba la huella de sus pasados sufrimientos: estaba más ojerosa y pálida, pero con todo ello adquiría mayor interés su natural hermosura.