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Al mismo tiempo, en medio de las brumas de enfrente, un pobre patache, abandonado ya, barrida su cubierta, desgarradas sus lonas, tremolando al viento su cordaje deshilado, entre tumbos espantosos y cabezadas locas, con el último balance echaba los palos por la banda; saltaban las cadenas de las anclas con que se agarraba al fondo, en las ansias de la desesperación; reventaba una mar contra la quilla descubierta y lanzaba el mutilado casco en medio del furor de las rompientes, cuyas espumas escupían, casi en el acto, las astillas de su despedazado costillaje.
Aquellos tristes despojos flotantes eran lo único que quedaba del Joven Antoñito de Rivadeo.
XXIX
EN QUÉ PARÓ TODO ELLO
No merece el bondadosísimo lector que me ha seguido hasta aquí con evangélica paciencia, que yo se la atormente de nuevo con el relato de sucesos que fácilmente se imaginan, ó son de escasísima importancia á la altura en que nos hallamos del asunto principal... si es que hay asunto principal en este libro. Dejemos, pues, que pasen horas desde las infaustas que se puntualizan en el capítulo precedente; que rueden lágrimas de hiel escaldando mejillas de afligidos, y otras harto más dulces entre abrazos de alegría y latidos de corazones sin tortura; que las piadosas ofertas á Dios, en momentos de grandes apuros, se cumplan, y que los fervorosos mareantes, y Andrés delante de todos ellos, descalzos y con los vestidos mojados aún por el agua de la tempestad, y con los remos y las velas al hombro, vayan al templo y salgan de él entre el respeto y la conmiseración de las gentes de la ciudad; que corran días después, y el saborcillo de otros sucesos nuevos mate en la pública voracidad el ansia por los pasados, por tristes ó ruidosos que hayan sido; que las lecciones recibidas aprovechen, en unos para perdonar, en otros para corregirse; que Andrés normalice su vida por los nuevos derroteros á que le arrastran una repentina y cordial aversión á las ligerezas y entretenimientos de antes... y cierta entrevista con su amigo Tolín, solicitada por éste y celebrada en lo más secreto y apartado del escritorio de don Venancio Liencres; que, en señal de lo firme de sus propósitos y lo arraigado de sus aversiones, queme sus naves, es decir, venda su Céfiro y sus útiles de pesca, y regale el dinero de su valor al viejo Mechelín, por mano del padre Apolinar, pues él no debe poner más los pies en la bodega; que aquella meritísima familia se regocije en la creencia de que sus oraciones, con una vela encendida ante la imagen de San Pedro, al saber que Andrés estaba en la mar el día de la galerna, contribuyeran poderosamente á su salvación; dejemos también que el hijo de don Pedro Colindres llame á Cleto, y á solas con él, le jure, con la solemnidad con que lo hizo otra vez en lo alto del Paredón, pero con mayor confianza en sus fuerzas para llegar á cumplirlo, todo lo que el noblote hijo de Mocejón necesitaba creer para quedarse solamente con la carga de sus dudas de llegar á ser correspondido, y la de la vergüenza de ser hijo de su madre, que no era carga ligera; dejemos, en fin, que pasen dos días más, y Cleto vista la librea de los servidores de barco de rey, en vísperas de ser llevado al Departamento, y que la justicia humana encierre en la cárcel pública á las hembras del quinto piso para formarlas un proceso por difamadoras y escandalosas, y vamos á dar el último vistazo á la bodega de la calle Alta.