Una ola colosal se lanzaba entonces al boquete, hinchada, reluciente, mugidora, y en lo más alto de su lomo cabalgaba la lancha á toda fuerza de remo.

El lomo llegaba de costa á costa; mejor que lomo, anillo de reptil gigantesco, que se desenvolvía de la cola á la cabeza. El anillo aquél siguió avanzando por el boquete adentro hacia las Quebrantas, en cuyos arenales había de estrellarse rebramando; pasó bajo la quilla de la lancha, y ésta comenzó á deslizarse de popa como por la cortina de una cascada, hasta el fondo de la sima que la ola fugitiva había dejado detrás. Allí se corría el riesgo de que la lancha se durmiera; pero Andrés pensaba en todo, y pidió otro esfuerzo heróico á sus remeros. Hiciéronle; y remando para vencer el reflujo de la mar pasada, otra mayor que entraba, sin romper en el boquete, fué alzándola de popa y encaramándola en su lomo, y empujándola hacia el puerto. La altura era espantosa, y Andrés sentía el vértigo de los precipicios; pero no se arredraba, ni su cuerpo perdía los aplomos en aquella posición inverosímil.

—¡Más!... ¡más!—gritaba á los extenuados remeros, porque había llegado el momento decisivo.

Y los remos crujían, y los hombres jadeaban, y la lancha seguía encaramándose, pero ganando terreno. Cuando la popa tocaba la cima de la montaña rugiente, y la débil embarcación iba á recibir de ella el último impulso favorable, Andrés, orzando brioso, gritó conmovido, poniendo en sus palabras cuanto fuego quedaba en su corazón:

—¡Jesús, y adentro!...

Y la ola pasó también, sin reventar, hacia las Quebrantas, y la lancha comenzó á deslizarse por la pendiente de un nuevo abismo. Pero aquel abismo era la salvación de todos, porque habían doblado la punta de la Cerda y estaban en puerto seguro.

En el mismo instante, cuando Andrés, conmovido y anheloso, se echaba atrás los cabellos y se enjugaba el agua que corría por su rostro, una voz, con un acento que no se puede describir, gritó desde lo alto de la Cerda:

—¡Hijo!... ¡Hijo!

Andrés, estremeciéndose, alzó la cabeza; y, delante de una muchedumbre estupefacta, vió á su padre con los brazos abiertos, el sombrero en la mano, y la espesa y blanca cabellera revuelta por el aire de la tempestad.

Aquella emoción suprema acabó con las fuerzas de su espíritu; y el escarmentado mozo, plegando su cuerpo sobre el tabladillo de la [chopa], y escondiendo su cara entre las manos trémulas, rompió á llorar como un niño, mientras la lancha se columpiaba en las ampollas colosales de la resaca, y los fatigados remeros daban el necesario respiro á sus pechos jadeantes.