Lo menos malo de aquella situación era que iba á resolverse muy pronto; y esta convicción se leía bien claramente en las caras de los tripulantes, fijas en la de Andrés é inmóviles, como si de repente se hubieran petrificado todas á la vez, por obra de un mismo pensamiento.
—Ya lo sabe usté, don Andrés—dijo Reñales á éste:—enfilando por la proba el alto de Rubayo y el Codío de Solares, es la media barra justa.
—Cierto—respondió amargamente Andrés, sin apartar los ojos de la boca del puerto, ni sus manos del remo con que gobernaba;—pero cuando no se ven ni el Codío de Solares ni el alto de Rubayo, como ahora, ¿qué se hace, Reñales?
—Ponerse en manos de Dios y entrar por donde se pueda,—respondió el patrón, después de una breve pausa, y devorando con los ojos el horrible atolladero que no distaba ya dos cables de la lancha.
Hasta entonces, todo lo que fuera correr delante del temporal, era acercarse á la salvación; pero desde aquel momento podía ser tan peligroso el avance rápido como la detención involuntaria; porque la lancha se hallaba entre el huracán que la impelía, y el boquete que debía asaltarse en ocasión en que las mares no rompieran en él.
Andrés, que no lo ignoraba, parecía una estatua de piedra con ojos de fuego; los remeros, máquinas que se movían al mandato de una mirada suya; Reñales no se atrevía á respirar.
Sobre el monte de Hano había una multitud de personas que contemplaban con espanto, y resistiendo mal los embates del furioso vendaval, la terrible situación de la lancha. Andrés, por fortuna suya y de cuantos iban con él, no miró entonces hacia arriba. Le robaba toda la atención el examen del horroroso campo en que iba á librarse la batalla decisiva.
De pronto gritó á sus remeros:
—¡Ahora!... ¡Bogar!... ¡Más!...
Y los remeros, sacando milagrosas fuerzas de sus largas fatigas, se alzaron rígidos en el aire, estribando en los bancos con los pies y colgados del remo con las manos.