—¡Muergo!—gritó Reñales, queriendo, al mismo tiempo, apoderarse del cadáver con una de sus manos.

Andrés sintió que el frío de la muerte le invadía otra vez el corazón, que la vida iba á faltarle; y sólo un acontecimiento como el ocurrido allí en el mismo instante, pudo rehacer sus fuerzas aniquiladas.

Y fué que Reñales, por coincidir su movimiento con un recio balance de la lancha, perdió el equilibrio y cayó sobre el costado derecho, dándose un golpe en la cabeza contra el carel. Sin gobierno la lancha, atravesóse á la mar; saltó hecho astillas el palo, y arrebató el viento la vela. Andrés entonces, comprendiendo la gravedad del nuevo peligro,

—¡Á los remos!—gritó á los consternados pescadores, lanzándose él al de popa, abandonado por Reñales al caer, y poniendo la lancha en rumbo conveniente, con destreza y agilidad bien afortunadas para todos.

Pasaban entonces por delante de Cabo Menor, sobre cuyas espaldas de roca avanzaban las mares para despeñarse al otro lado en bramadora cascada. Desde allí, ó mejor dicho, desde Cabo Mayor, á la boca del puerto, y siguiendo por el islote de Mouro hasta el cabo Quintres y el de Ajo, toda la costa era una sola cenefa de mugidoras espumas que hervían y trepaban, y se asían á los acantilados, y volvían á caer para intentar de nuevo el asalto, al empuje inconcebible de aquellas montañas líquidas que iban á estrellarse furiosas, sin punto de sosiego, contra las inconmovibles barreras.

—¡Adelante, Virgen del Mar!—repetían con voz firme los remeros al compás de su fatiga.

Andrés, empuñando su remo; clavados sus pies, más que asentados, en el panel de la lancha; luchando y viendo luchar á sus valerosos compañeros con esfuerzo sobrehumano, contra la muerte que los amenazaba por todas partes, comenzaba á sentir la sublimidad de tantos horrores juntos, y alababa á Dios delante de aquel pavoroso testimonio de su grandeza.

Á todo esto, Reñales no movía pie ni mano; y Cole, que achicaba el agua sin cesar con otro compañero, á una señal de Andrés, que estaba en todo, suspendió su importantísimo trabajo y acudió á levantar al patrón, que había quedado aturdido con el golpe y sangraba copiosamente por la herida que se había causado en la cabeza. Atendiósele lo menos mal que se pudo en tan apurada situación; y con ello fué reanimándose poco á poco, hasta que intentó volver á su puesto cuando la lancha, cruzando como un rayo por delante del Sardinero, llegaba enfrente de la Caleta del Caballo. Pero en aquellos instantes, además de la serenidad y de la inteligencia, se necesitaba fuerza no común para gobernar; y á Reñales le faltaba esta última condición tan importante, al paso que Andrés, en el punto en que se hallaba de la costa, las reunía todas sobradamente.

—Pues ¡adelante!—le dijo el patrón acurrucándose en el panel, porque su cabeza dolorida no podía resistir los azotes de la tempestad,—¡y que se cumpla la voluntá de Dios!

¡Adelante! Adelante era acometer al puerto, es decir, jugar la vida en el último y más imponente azar; porque el puerto estaba cerrado por una serie de murallas, de olas enormes, que, al llegar al angosto boquete y sentirse oprimidas allí, parte de cada una de ellas asaltaba y envolvía el escueto peñasco de Mouro, y el resto se lanzaba á la obscura gola, y la henchía, y alzaba sus espaldas colosales para caber mejor, y á su paso retemblaban los ingentes muros de granito. Pero ¿cómo huir del puerto? ¿Á dónde tirar en busca de un refugio? ¿No era un milagro cada instante que pasaba sin que la lancha zozobrase en el horrible camino que traía?