Y la lancha seguía encaramándose en las crestas espumosas, y cayendo en los abismos, y volviendo á erguirse animosa para caer en seguida en otra sima más profunda, y ganando siempre terreno, y procurando, al huir, no presentar á las mares el costado.

De tiempo en tiempo, los pescadores clamaban fervorosos:

—¡Virgen del Mar, adelante!... ¡Adelante, Virgen del Mar!

Á Andrés le parecían siglos los minutos que llevaba corridos en aquel trance espantoso, tan nuevo para él; y comenzaba á aturdirse y á desorientarse entre el estruendo que le ensordecía; la blancura y movilidad de las aguas, que le deslumbraban; la furia del viento que azotaba su rostro con manojos de espesa lluvia; los saltos vertiginosos de la lancha, y la visión de su sepultura entre los pliegues de aquel abismo sin límites. Sus ropas estaban empapadas en el agua de la lluvia y la muy amarga que descendía sobre él después de haber sido lanzada al espacio, como densa humareda, por el choque de las olas; flotaban al aire sus cabellos goteando, y comenzaba á tiritar de frío. Ni intentaba siquiera desplegar sus labios con una sola pregunta. ¿Para qué esta inútil tentativa? ¿No lo llenaban todo, no respondían á todo cuanto pudiera preguntar allí la mísera voz humana, los bramidos de la galerna?

Así pasó largo rato mirando maquinalmente cómo sus compañeros de martirio, con el ansia de la desesperación unas veces, y otras con la serenidad de los corazones impávidos, desalojaban, con cuantos útiles servían para ello, el agua que embarcaba en la lancha algún maretazo que la alcanzaba por la popa, ó movían el aparejo, á una señal del patrón en un instante de respiro.

El exceso mismo del horror, suspendiendo el ánimo de Andrés, fué predisponiendo su discurso á la actividad regularizada y á la coordinación de las ideas, aunque en una órbita algo extraña á las condiciones de un espíritu constituído como el suyo. Por ejemplo: no discurrió sobre las probabilidades que tenía de salvarse. Para él era ya cosa indiscutible y resuelta el morir allí. Pero le preocupó mucho la clase de muerte que le esperaba; y analizó el fatal suceso momento por momento y detalle por detalle. Del minucioso análisis dedujo que su propio cuerpo arrojado de pronto en aquel infierno rugiente, en la escala de una proporción rigurosa representaba mucho menos que el átomo que cae en las fauces de un tigre con el aire que éste aspira en un bostezo. Pero ¿cabía imaginar un desamparo, una soledad, un desconsuelo más espantosos en derredor de un hombre para morir? En seguida pasaron por su memoria, en triste desfile, los mártires que él recordaba de la numerosa legión de héroes, á la cual pertenecían los desventurados que le rodeaban, destinados quizás á desaparecer también, de un momento á otro, en aquel horrible cementerio. Y los vió, uno por uno, luchar brevísimos instantes con las fuerzas de la desesperación, contra el inmenso poder de los elementos desencadenados; hundirse en los abismos; reaparecer con el espanto en los ojos y la muerte en el corazón, y volver á sumergirse para no salir ya sino como informe despojo de un gran desastre flotando entre los pliegues de las olas y arrastrados al capricho de la tempestad.

Y viéndolos á todos así, llegó á ver á Mules; y viendo á Mules, se acordó de su hija; y acordándose de su hija, por una lógica asociación de ideas llegó á pensar en todo lo que le había pasado y fué causa de que él se viera en el riesgo en que se veía, y entonces, á la luz que sólo perciben los ojos humanos en las fronteras de la muerte, estimó en su verdadera importancia aquellos sucesos; y se avergonzó de sus ligerezas, de su insensatez, de sus ingratitudes, de su última locura, causa, quizá, de la desesperación de sus padres; y volvió su mortal naturaleza á reclamar sus derechos; y amó la vida, y le espantaron de nuevo los peligros que corría en aquel instante; y temió que Dios hubiera dispuesto arrancársela de aquel modo, en castigo de su pecado.

Temblaba de horror; y cada crujido del fúnebre aparejo, cada estremecimiento de la lancha, cada maretazo que la alcanzaba, le parecía la señal del último desastre. Para colmo de angustias, vió de pronto, por su banda, flotar un remo entre las espumas alborotadas; y en seguida otros dos. También lo vieron los contristados pescadores. Y vieron más á los pocos momentos: vieron una masa negra dando tumbos entre las olas. Era una lancha perdida. ¿De quién? ¿Y sus hombres? Estas preguntas leía Andrés en las caras lívidas de sus compañeros. Notó que, puestos de rodillas y elevando los ojos al cielo, hacían la promesa de ir al día siguiente, descalzos y cargados con los remos y las velas, á oir una misa á la Virgen, si Dios obraba el milagro de salvarles la vida en aquel riesgo terrible. Andrés elevó al cielo la misma oferta desde el fondo de su corazón cristiano.

Por obra de esta nueva impresión, le asaltó otro pensamiento que impregnó de amargura su alma generosa. Si él salía vivo de allí, en su mano estaba no volver á exponerse á tales riesgos; pero los infelices que le acompañaban, aunque con él se salvaran entonces, ¿no sentirían amargado el placer de salvarse con los recelos de perecer á la hora menos pensada en otra convulsión de la mar, tan repentina y horrorosa como aquélla? ¡Desdichado oficio, que tales quiebras tenía! Y fué reparando, uno por uno, en todos los pescadores de la lancha. De todo había allí: desde el mozo imberbe hasta el viejo encanecido; y todos parecían más resignados que él; y, sin embargo, cada una de aquellas vidas era más necesaria en el mundo que la suya. Esta consideración, hiriéndole la fibra del amor propio, infundió algún calor á sus ánimos abatidos.

Y la tempestad seguía desenfrenada, y la lancha corriendo, loca y medio anegada ya, delante de ella. En uno de sus bandazos, estuvo su carel á medio palmo de un bulto que se mecía entre dos aguas, dejando flotantes sobre ellas espesos manojos de una cabellera cerdosa.