De estos riesgos trataba de huir Reñales tomando cuanto antes la vuelta al puerto. Mirando hacia él, vió que las barquías estaban embocándole ya, y que las lanchas besugueras trataban de hacer lo mismo. Sin pérdida de un instante, mandó izar las velas; y como el viento era escaso, se armaron también los remos. Todas las lanchas de altura imitaron su ejemplo.

Andrés no era aprensivo en trances como aquél; y por no serlo, se admiraba no poco al observar que según iba acercándose á la costa se complacía tanto en ello como horas antes en alejarse. Y observaba más: observaba que ya no le parecían tan grandes, tan terribles, tan insuperables aquellas tormentas que le habían arrebatado de su casa y hecho pasar una noche de perros en un rincón de la Zanguina; que bien pudo haber sido un poco menos terco con su padre, y con ello sólo se hubiera ahorrado la mala noche y todo lo que á ella siguió, incluso la aventura en que se encontraba, la cual, aunque le había recreado grandemente, le dejaba el amargor de su motivo... y, por último, que le inquietaba bastante el poco andar de la lancha. Y con observar todo esto, y con asombrarse de ello, y con no apartar sus ojos de la nublada faz de Reñales sino para llevarlos á las no muy alegres de sus compañeros, ó hacia los peñascos, cada vez más perceptibles, de la costa, no caía en la cuenta de que todo aquel milagro era obra de un inconsciente apego á la propia pelleja, amenazada de un grave riesgo que se leía bien claro en la actitud recelosa de aquellos hombres tan avezados á los peligros del mar.

Pasó así más de una hora, sin que en la lancha se oyeran otros rumores que el crujir de los estrovos, las acompasadas caídas de los remos en el agua, y el ardiente respirar de los hombres que ayudaban con su fatiga á las lonas á medio henchir. Á ratos era el aire algo más fresco, y entonces descansaban los remeros. En los celajes no se notaba alteración de importancia. Por la popa y por la proa se veían las lanchas que llevaban el mismo derrotero que la de Reñales.

Todo iba, pues, lo mejor de lo posible, y así continuó durante otra media hora; y llegó Andrés á reconocer bien distintamente, sin el auxilio de ojos extraños, los Urros de Liencres, y luégo los acantilados de la Virgen del Mar.

De pronto percibieron sus oídos un pavoroso rumor lejano, como si trenes gigantescos de batalla rodaran sobre suelos abovedados; sintió en su cara la impresión de una ráfaga húmeda y fría, y observó que el sol se obscurecía y que sobre la mar avanzaban, por el Noroeste, grandes manchas rizadas, de un verde casi negro. Al mismo tiempo gritaba Reñales:

—¡Abajo esas mayores!... ¡El tallaviento solo!

Y Andrés, helado de espanto, vió á aquellos hombres tan valerosos abandonar los remos y lanzarse, descoloridos y acelerados, á cumplir los mandatos del patrón. Un solo instante de retardo en la maniobra, hubiera ocasionado el temido desastre; porque apenas quedó izado el tallaviento, una racha furiosa, cargada de lluvia, se estrelló contra la vela, y con su empuje envolvió la lancha entre rugientes torbellinos. Una bruma densísima cubrió los horizontes, y la línea de la costa, mejor que verse, se adivinaba por el fragor de las mares que la batían, y el hervor de la espuma que la asaltaba por todas sus asperezas.

Cuanto podía abarcar entonces la vista en derredor, era ya un espantoso [resalsero] de olas que se perseguían en desatentada carrera, y se azotaban con sus blancas crines sacudidas por el viento. Correr delante de aquella furia desatada, sin dejarse asaltar de ella, era el único medio, ya que no de salvarse, de intentarlo siquiera. Pero el intento no era fácil, porque solamente la vela podía dar el empuje necesario, y la lancha no resistiría sin zozobrar ni la escasa lona que llevaba en el centro.

Andrés lo sabía muy bien; y al observar cómo crujía el palo en su [carlinga], y se ceñía como una vara de mimbre, y crepitaba la vela, y zambullía la lancha su cabeza, y tumbaba después sobre un costado, y la mar la embestía por todas partes, no preguntó siquiera por qué el patrón mandó arriar el tallaviento y armar la unción en el castillete de proa. Más que lo que la maniobra significaba en aquel momento angustioso, heló la sangre en el corazón de Andrés el nombre terrible de aquel angosto lienzo desplegado á la mitad de un palo muy corto. ¡La unción! Es decir, entre la vida y la muerte.

Por fortuna, la lancha la resistió mejor que el tallaviento; y con su ayuda, volaba entre el bullir de las olas. Pero éstas engrosaban á medida que el huracán las revolvía; y el peligro de que rompieran sobre la débil embarcación, crecía por instantes. Para evitarle se agotaban todos los medios humanos. Se arrojaron por la popa los hígados del pescado que iba á bordo, y se extendió por el mismo lado el tallaviento flotante. Se conseguía algo, pero muy poco, con estos recursos... ¡Huir, huir por delante!... Esto sólo, ó resignarse á perecer.