—No está hoy el jardín pa flores—dijo Reñales reconociendo los horizontes.—Vamos á comer en paz y en gracia de Dios.
Entonces cayó Andrés en la cuenta de que, al salir de la Zanguina, no se había acordado de proveerse de un mal zoquete de pan. Felizmente no le atormentaba el hambre; y con algo de lo que le fueron ofreciendo de los fiambres que llevaban en sus cestos los pescadores, y un buen trago de agua de la del barrilito que iba á bordo, entretuvo las escasas necesidades de su estómago.
La brisa, entre tanto, iba encalmándose mucho; por el horizonte del Norte se extendía un celaje terso y plomizo, que entre el Este y el Sur se descomponía en grandes fajas irregulares de azul intenso, estampadas en un fondo anaranjado brillantísimo; sobre los Urrieles, ó Picos de Europa, se amontonaban enormes cordilleras de nubarrones; y el sol en lo más alto de su carrera, cuando no hallaba su luz estorbos en el espacio, calentaba con ella bastante más de lo regular. Los celadores de las lanchas más internadas en la mar, tenían hecha la señal de «precaución,» con el remo alzado en la [bagra]; pero en ninguno de ellos ondeaba la bandera que indica «recoger.»
Reñales estaba tan atento á aquellos celajes y estos signos, como á las tajadas que con los dedos de su diestra se llevaba á la boca de vez en cuando; pero sus compañeros, aunque tampoco los perdían de vista, no parecían darles tanta importancia como él.
Andrés le preguntó qué opinaba de todo ello.
—Que me gusta muy poco cuando estoy lejos del puerto...
De pronto, señalando hacia Cabo Mayor, dijo poniéndose de pie:
—Mirad, muchachos, lo que nos cuenta Falagán.
Entonces Andrés, fijándose mucho en lo que le indicaban los pescadores que estaban más cerca de él, vió tres humaredas que se alzaban sobre el cabo. Era la señal de que el sur arreciaba mucho en bahía. Dos humaredas solas hubieran significado que la mar rompía en la costa.
Malo es el sur desencadenado para tomarla las lanchas á la vela; pero es más temible que por eso, por lo que suele traer de improviso: el galernazo, ó sea la virazón repentina al noroeste.