De las lanchas de merluza, con estar tan afuera la de Reñales, era la menos alejada de la costa. Apenas la distinguían los ojos de Andrés; pero los del patrón y los de todos los tripulantes hubieran visto volar una gaviota encima de Cabo Menor.
Al ver largar los cordeles por las dos bandas después de bien encarnados los anzuelos en sus respectivas sotilezas de alambre, Andrés se puso de codos sobre el carel de estribor, con los ojos fijos en el aparejo más próximo, que sostenía en su mano el pescador después de haberle apoyado sobre la redondeada y fina superficie de la lasca, para no rozar la cuerda con el áspero carel al ser halada para adentro con la merluza trabada. Pasó un buen rato, bastante rato, sin que en ninguno de los aparejos se notara la más leve sacudida. De pronto gritó Cole desde proa:
—¡Alabado sea Dios!
Ésta era la señal de la primera mordedura. En seguida, halando Cole de la cuerda y recogiendo medias brazas precipitadamente, pero no sin verdaderos esfuerzos de puño, embarcó en la lancha una merluza, que á Andrés, por no haberlas visto pescar nunca, le pareció un tiburón descomunal. El impresionable mozo palmoteaba de entusiasmo. Momentos después veía embarcar otra, y luégo otra, y en seguida otras dos; y tanto le enardecía el espectáculo, que solicitó la merced de que le cedieran una cuerda para probar fortuna con ella. Y la tuvo cumplida, pues no tardó medio minuto en sentir trabada en su anzuelo una merluza. ¡Pero al embarcarla fué ella! Hubiera jurado que tiraban de la cuerda hacia el fondo del mar cetáceos colosales, y que le querían hundir á él y á la lancha y á cuantos estaban dentro de ella.
—¡Que se me va... y que nos lleva!—gritaba el iluso, tira que tira del cordel. Echóse á reir la gente al verle en tal apuro; acercósele un marinero, y, colocando el aparejo como era debido, demostróle prácticamente que, sabiendo halar, se embarca sin dificultad un ballenato, cuanto más una merluza de las medianas, como aquélla.
—Pues ahora lo veremos,—dijo Andrés nervioso de emoción, volviendo á largar su cordel.
¡Ni pizca se acordaba entonces de las negras aventuras que á aquellas andanzas le habían arrastrado!
Indudablemente estaba dotado por la naturaleza de excepcionales aptitudes para aquel oficio y cuanto con él se relacionara. Desde la segunda vez que arrojó su cuerda á los abismos del mar, ninguno de los compañeros de la lancha le aventajó en destreza para embarcar pronto y bien una merluza.
Lo peor fué que dieron éstas de repente en la gracia de no acudir al cebo que se les ofrecía en sus tranquilas profundidades, ó de largarse á merodear en otras más de su gusto; y se perdieron las restantes horas de la mañana en inútiles tentativas y sondeos.
Se habló, en vista de ello, de salir más afuera todavía, ó, como se dice en la jerga del oficio, de hacer otra impuesta.