—Mire usté qué manjúa de sardinas.
Y le apuntaba hacia una extensa mancha obscura, sobre la cual revoloteaba una nube de gaviotas. Por estas señales se conocía la manjúa. Después añadió:
—Buen negocio pa las barquías que hayan salido á eso. Cuando yo venga á sardinas, me saltarán las merluzas á bordo. Suerte de los hombres.
Y la lancha siguió avanzando mar adentro, mientras la mayor parte de sus ociosos tripulantes dormían sobre el panel; y cuando Andrés se resolvió á mirar hacia la costa, no pudo reconocer un solo punto de ella, porque sus ojos inexpertos no veían más que una estrecha faja parduzca, sobre la cual se alzaba un monigote blanquecino, que era el faro de Cabo Mayor, por lo que el patrón le dijo.
Y aún seguía alejándose la lancha hacia el Noroeste, sin la menor sorpresa de Andrés; pues aunque nunca había salido tan afuera, sabía por demás que para la pesca de la merluza suelen alejarse las lanchas quince y diez y ocho millas del puerto; y cuando se trata del bonito, hasta doce ó catorce leguas; por lo cual van provistas de compás para orientarse á la vuelta.
Á medida que la esbelta y frágil embarcación avanzaba en su derrotero, iba Andrés esparciendo las brumas de su imaginación y haciéndose más locuaz. Contadísimas fueron las palabras que había cambiado con el patrón desde su salida de la Rampa Larga; pero en cuanto se vió tan alejado de la costa, no callaba un momento. Preguntaba, no sólo cuanto deseaba saber, sino lo que, de puro sabido, tenía ya olvidado: sobre los sitios, sobre los aparejos, sobre las épocas, sobre las ventajas y sobre los riesgos. Averiguó también á cuántos y á quiénes de los pescadores que iban allí había alcanzado la leva, y supo que á tres, uno de ellos su amigo Cole, que era de los que á la sazón dormían bien descuidados. Y lamentó la suerte de aquellos mareantes; y hasta discurrió largo y tendido sobre si esa carga que pesaba sobre el gremio era más ó menos arreglada á justicia, y si se podía ó no se podía imponer en otras condiciones menos duras; y hasta apuntó unas pocas por ejemplo. ¡Quién sabe de cuántas cosas habló!
Y hablando, hablando de todo lo imaginable, llegó el patrón á mandar que se arriaran las velas, y la lancha á su paradero.
Mientras el aparejo de ella se arreglaba, se disponían los de pesca y se ataban las lascas sobre los careles, Andrés paseó una mirada en derredor, y la detuvo largo rato sobre lo que había dejado atrás. Todo aquel extensísimo espacio estaba salpicado de puntitos negros, que aparecían y desaparecían á cada instante en los lomos ó en los pliegues de las ondas. Los más cercanos á la costa eran las barquías, que nunca se alejaban del puerto más de tres ó cuatro millas.
—Aquellas otras lanchas—le decía Reñales, respondiendo á alguna de sus preguntas y trazando en el aire con la mano, al propio tiempo, un arco bastante extenso,—están á besugo. Estas primeras, en el Miguelillo; las de allí, en el Betún, y éstas de acá, en el Laurel. Ya usté sabe que esos son los mejores placeres ó sitios de pesca pa el besugo.
Andrés lo sabía muy bien por haber llegado una vez hasta uno de ellos; pero no por haber visto tan de lejos y tan bien marcados á los tres.