Todavía resonaban hacia la calle de la Mar los gritos de ¡apuyáaa! ¡apuyáaa! con que el deputao del Cabildo de Abajo despertaba á los mareantes recorriendo las calles en que habitaban, y aún no habían llegado los más diligentes de ellos á la Zanguina para tomar la parva de aguardiente ó el tazón de cascarilla, cuando ya Andrés, dolorido de huesos y harto desmayado de espíritu, salía de los Arcos de Hacha, atravesaba la bocacalle frontera y entraba en el Muelle buscando la Rampa Larga. Eran apenas las cinco de la mañana, y no había otra luz que la tenue claridad del horizonte, precursora del crepúsculo, ni se notaban otros ruidos que el de sus propios pasos, el de las voces de algún muchacho de lancha, ó el de los remos que éstos movían sobre los bancos. La negra silueta del aburrido sereno que se retiraba á su hogar dando por terminado su penoso servicio, ó el confuso perfil del encogido bracero á quien arrojaba del pobre lecho la dura necesidad de ganarse el incierto desayuno, eran los únicos objetos que la vista percibía en toda la extensión del Muelle, descollando sobre la blanca superficie de su empedrado.

Para los fines de Andrés, aquella madrugada ofrecía mejor aspecto que la noche precedente. Estaba menos enrarecida la atmósfera; se aspiraba un ambiente casi fresco; y aunque en los celajes, sobre la línea del horizonte por donde había de aparecer el sol, se notaban ciertos matices rojos, este detalle, por sí solo, tenía escasísima importancia.

De la misma opinión fué Reñales, en cuya lancha le esperaba ya Andrés, muy impaciente; pues en cada bulto que distinguía sobre el Muelle, creía ver un emisario de su casa que corría en busca suya. Porque es de advertir, aunque no sea necesario, que su corto sueño sobre el banco de la taberna fué una incesante pesadilla en la cual vió, con todos los detalles de la realidad, las angustias de su madre que clamaba por él y le esperaba sin un instante de sosiego; las inquietudes, los recelos y hasta la ira de su padre, que andaba buscándole inútilmente de calle en calle, de puerta en puerta; y, por último, las conjeturas, los consuelos, los amargos reproches... y hasta las lágrimas, entre los dos. Este soñado cuadro no se borró de su imaginación después de despertar. Le atormentaba el espíritu y robaba las fuerzas á su cuerpo; pero el plan estaba trazado: era conveniente, y había que realizarle á toda costa.

Al fin se oyó en el Muelle un rumor de voces ásperas y de pisadas recias; llegó á la Rampa un tropel de pescadores cargados con sus artes, su comida, sus ropas de agua, y muchos de ellos con una buena porción del aparejo de la lancha; y vió complacidísimo Andrés cómo la de Reñales quedó en breves momentos aparejada y completa de tripulantes.

Armáronse los remos; arrimóse al suyo, á popa y de pie, el patrón para gobernar; desatracóse la lancha; recibió el primer empuje de sus catorce remeros; púsose en rumbo hacia afuera, y comenzó su quilla sutil á rasgar la estirada, quieta y brillante superficie de la bahía. Pero por diligente que anduvo, otras la precedían, del mismo Cabildo y del de Arriba; y cuando llegó á la altura de la Fuente Santa, dejaba por la popa la barquía de Mocejón, en la cual vió Andrés á Cleto, cuya triste mirada, por único saludo, agitó en su memoria los mal apaciguados recuerdos del suceso de la víspera, causa de aquélla su descabellada aventura.

La luz del crepúsculo comenzaba entonces á dibujar los perfiles de todos los términos de lo que antes era, por la banda de estribor, confuso borrón, negra y prolongada masa, desde el cabo Quintres hasta el monte de Cabarga; apreciábase el reflejo de la costa de San Martín en el cristal de las aguas que hendía la esbelta embarcación, y en las praderas y sembrados cercanos renacía el ordenado movimiento de la vida campestre, la más apartada de las batallas del mundo. Á la derecha, rojeaban los arenales de las Quebrantas, arrebujados en lo alto con el verdoso capuz del cerro que sostenían, y hundiendo sus pies bajo las ondas mansísimas con que el mar, su cómplice alevoso, se los besaba, entre blandos arrullos. Parecían dos tigres jugueteando, en espera de una víctima de su insaciable voracidad.

No sé si Andrés, sentado á popa cerca del patrón, aunque miraba silencioso á todas partes, veía y apreciaba de semejante modo los detalles del panorama que iba desenvolviéndose ante él; pero está fuera de duda que no ponía los ojos en un cuadro de aquéllos, sin sentir enconadas las heridas de su corazón y recrudecida la batalla de sus pensamientos. Por eso anhelaba salir cuanto antes de aquellas costas tan conocidas y de aquellos sitios que le recordaban tantas horas de regocijo sin amargores en el espíritu ni espinas en la conciencia; y por ello vió con gusto que, para aprovechar el fresco terral que comenzaba á sentirse, se izaban las velas, con lo que se imprimía doblado impulso al andar de la lancha.

Con la cabeza entre las manos, cerrados los ojos y atento el oído al sordo rumor de la estela, llegó hasta la Punta del puerto, y abocó á la garganta sombría que forman el peñasco de Mouro y la costa de acá; y sin moverse de aquella postura, alabó á Dios desde lo más hondo de su corazón, cuando Reñales, descubriéndose la cabeza, lo ordenó así con fervoroso mandato; porque allí empezaba la tremenda región preñada de negros misterios, entre los cuales no hay instante seguro para la vida; y sólo cuando los balances y cabeceos de la lancha le hicieron comprender que estaba bien afuera de la barra, enderezó el cuerpo, abrió los ojos y se atrevió á mirar, no hacia la tierra, donde quedaban las raíces de su pesadumbre, sino al horizonte sin límites, al inmenso desierto en cuya inquieta superficie comenzaban á chisporrotear los primeros rayos del sol, que surgía de los abismos entre una extensa aureola de arrebolados crespones. Por allí, por allí se iba á la soledad y al silencio imponentes de las grandes maravillas de Dios y al olvido absoluto de las miserables rencillas de la tierra, y hacia allí quería él alejarse volando; y por eso le parecía que la lancha andaba poco, y deseaba que la brisa que henchía sus velas se trocara súbitamente en huracán desatado.

Pero la lancha, desdeñando las impaciencias del fogoso muchacho, andaba su camino honradamente, corriendo lo necesario para llegar á tiempo al punto á donde la dirigía su patrón. El cual llamó de pronto la atención de Andrés para decirle: