—En fin—dijo el abrumado mozo, acaso para verse libre por entonces de un asedio tan tenaz,—haré todo lo posible por complacerte.
—Es que hay que hacer—insistió Luisa sin cejar un punto,—no solamente lo posible, sino todo lo que sea necesario... Y si esto se hace ó no se hace, he de saberlo yo mañana por la noche, cuando venga Andrés aquí... porque tú harás, discretamente, que venga sin falta... ¿lo entiendes bien?... ¡sin falta!
No había escape para Tolín; porque sabía muy bien que, en un carácter como el de su hermana, todo estruendo era creíble como se le metiera el antojo entre los cascos. Comprendió que hasta para evitar campanadas más ruidosas era de necesidad cumplir con empeño la peliaguda comisión, y á cumplirla así se obligó con su hermana.
Luégo que ésta se convenció de que la promesa de Tolín no era un vano recurso para salir del paso, trocáronse sus denuestos en arrullos; encendió su bujía, se despidió con un ferventísimo «adiós,» abrió la puerta con mucho cuidado; y de puntillas, y más bien deslizándose que pisando, llegó en un instante á su dormitorio y se encerró en él, si no libre de inquietudes, con el ánimo más reposado después del desahogo que acababa de dar á su berrinche.
En cambio Tolín, que se había levantado de la mesa con el espíritu hecho una balsa de aceite, no pudo atrapar el sueño hasta bien cerca de la madrugada. ¡El demonio de la chiquilla!...
XXVIII
LA MÁS GRAVE DE TODAS LAS CONSECUENCIAS