—Corriente. Pues lo doy por gritado, y déjame en paz.
—Así, hijo, así... ¡así se sale luégo del paso! ¡Y tenga usted hermanos para eso; y desvívase usted por ellos!... y... ¡Virgen de los Dolores!...
Aquí rompió á llorar la hermana de Tolín, como si el alma se le saliera por la boca. Tolín trató de consolarla como mejor pudo; pero aquel antojo estaba á prueba de reflexiones más poderosas que las insulsas vaguedades que se le ocurrían al hijo de don Venancio Liencres. De pronto dejó Luisa de llorar, y dijo resueltamente á su hermano:
—Pues ten entendido que si no llegas á hacer lo que te encargo, voy á hacerlo yo... ¡yo, por mí misma! Y seré capaz hasta de confesárselo á su madre y á su padre... y al cura de la parroquia, si me apuras... Y hasta sabrá la hija de don Silverio Trigueras el pago que tú das á lo que la tonta de tu hermana hizo por tí.
Tolín estaba en ascuas; creía á su hermana muy abonada para cumplir lo que ofrecía, y al mismo tiempo le asustaba lo peliagudo de la empresa que le encomendaba. Sus deseos no eran malos, pero su irresolución le encogía. Habló á Luisa nuevamente en este sentido, suplicándola que le dejara buscar el modo y la ocasión á gusto de él, porque todo se arreglaría con el tiempo.
—No, no—insistió la otra.—No hay un instante que perder. Mañana mismo vas á dar el primer paso...
—Pero atiéndete á razones...
—Mira: en cuanto venga al escritorio, le llamas aparte; y solos allí los dos... comienzas á hablarle, y después... ¡caramba! si fuera yo, bien pronto se lo diría como deben decirse esas cosas...
—Y aunque todo saliera como deseas, tarambana del mismo diablo, ¿sabes tú la cara que pondría mamá?
—Eso corre de mi cuenta, Tolín. ¡Pues podía desaprobarlo! ¡Un partido tan hermoso para mí!... Tú no te apures por eso, y cuídate de lo otro.