—¡Luisa!...
—Y por cierto, grandísimo desagradecido, que bien luégo y con buen arte despaché tu comisión; y bien te allané el camino... y bien poco te costó después llegar hasta donde has llegado á la hora presente, que casi nada te falta ya para conseguir lo que deseabas, porque hasta el erizo de su padre, don Silverio Trigueras, está hecho unas mieles contigo. ¡Y ahora resulta que he estado yo haciendo un papel de los más feos... y que!...
—¡Por vida del ocho de bastos, Luisa!... ¡Déjame hablar, ó te saco al carrejo... y grito para que nos oigan!...
—Eso te faltaba, ¡egoistón!... ¡mal hermano!... ¿Y qué es lo que tú puedes responder á esto que yo te digo?
—Que aunque todo ello fuera la pura verdad...
—¡Y más de otro tanto que no he querido decir!...
—Que aunque todo ello y lo que te hayas callado fuera la pura verdad, son los dos casos muy diferentes.
—¡Diferentes! ¿Por dónde? ¿Por qué?
—Porque tú eres una señorita...
—Justo, y tú todo un caballero... Y es una mala vergüenza que un caballero como tú, porque las mujeres están obligadas, por el bien parecer, á tragarse todo cuanto sientan por un hombre y á no dárselo á entender ni siquiera con una mala mirada, ayude á su propia hermana á salir del ahogo en que se ve, despertando un poco la atención, con cuatro palabras al caso, de un hombre que es además un amigo de la mayor intimidad... ¡Bah! Pero que á un caballero, que tiene obligación, por ser hombre, de ser valiente y arrojado y de ajustar todas sus cuentas por sí mismo, le arregle una señorita un negocio de esa clase... no tiene nada de particular: es una hazaña de rechupete... y hasta obra de misericordia... ¿No le parece á usted el don escrúpulos de Mari?... ¡Caramba! ¡No sé lo que te diría ahora, si pudiera yo gritar todo lo que necesito!...