—¡Y se quiere casar con ella!... Tú misma lo temías...
—Pues lo dije... por oirte... Pero aunque sea verdad, y aunque también lo sea que está mal entretenido, por eso mismo hay que abrirle los ojos para que vea lo que nunca se atrevió á mirar, porque es humilde...
—¿Serías capaz de intentar eso, Luisa... de perder la cabeza hasta ese extremo?
—Yo no sé, Tolín, de lo que sería capaz en el trance en que me veo... Pero de todos modos, como no he de ser yo quien dé ese paso... sino tú...
—¡Yo!... ¡Yo ir á ofrecer mi propia hermana!...
—¡Qué ofrecer ni qué calabaza, hombre! Con esa manera de llamar las cosas, no hay decencia posible en nada. Pero si tú vas, y, con la confianza que tienes con él, empiezas por afearle lo que ha hecho y lo que piensa hacer... y le hablas de lo que él vale... de la consideración que debe á su familia y á sus amigos... de lo bien que le estaría una novia de entre lo principal del pueblo... y poco á poco, poco á poco, te vas cayendo, cayendo hacia acá; y, sin decir lo que yo pienso, le haces comprender que bien podría llegar á pensarlo... y, en fin, todo lo que se te vaya ocurriendo...
—Luisa, ¡Luisilla de los demonios! Pero ¿cómo te estimas en tan poco... y por quién me tomas?
—¡Ah grandísimo desalmado! ¡Ahí te quería esperar yo! ¿Por quién me tomabas tú á mí cuando me hacías la rosca para que le cantara esas mismas letanías del hijo de mi padre á mi amiga Angustias? Entonces, el papel que me dabas era de lo más honroso... «Una hermana mirando por el bien de su hermano... ¡uf! eso parte el corazón de puro gusto... Así como quien no quiere la cosa, la vas enterando de lo juicioso que soy... del arte que tengo para el escritorio... de lo tierno que soy de entraña... de lo que yo me desvivo por cierta mujer... de que me paso las noches en un suspiro...»
—¡Luisa, canario!—dijo entonces Tolín revolviéndose en su asiento como si le estuvieran clavando un par de banderillas. Pero Luisa, sin hacer caso maldito de la interrupción, antes bien gozándose en el desasosiego de su hermano, continuó remedándole así:
—«... Pero como es tan corto de genio, antes se morirá de hipocondría que decir á esa mujer, cuando está delante de ella: por ahí te pudras.»