—Y á usté ¿qué le importa que griten ó que se callen?—respondió la marinera, queriendo echar á broma aquel paso, que transcendía á prólogo de tragedia.—Hágales la cruz como al demonio, y témplese los niervos; que cuanto más solimán echen ahora, menos tendrán en el cuerpo para la otra vez.

—¡Uva!—añadió tío Mechelín, que no quitaba ojo al exclaustrado, ni perdía una palabra de las pocas, pero buenas, que llegaban á sus oídos desde el balcón del quinto piso, no obstante estar cerrada la puerta de la bodega.—¡Esa es la fija: proba á la cellisca, y vira por avante!

—Es que, si declaro mi verdad, ni en este puerto cerrado me creo seguro contra esos huracanes... ¡Si huelen que estoy aquí!... ¡Cuerno!... Y no es que tiemble mi carne flaca, sino que temo más á una mala lengua que á un bote de metralla.

—Si agüelen que está usté aquí, pae Polinar—repuso en voz solemne tío Mechelín, preparándose como para decir una gran cosa;—si agüelen que está usté aquí... será como si no lo agolieran; porque á mi casa no atraca naide cuando yo hago una raya en la puerta.

—¡Bah!...—añadió tía Sidora con muchísimo retintín.—¿No hay más que querer asomar el bocico en casa de naide, pa salirse con la suya?... Échese, échese á la espalda, pae Polinar, esos cuidaos, y díganos, con dos pares de rejones que las entren de pecho á espalda, ¿qué mil demonios ha tenido con ellas? ¿Qué mala ventisca le llevó hoy, santo de Dios, á caer entre las uñas de esas gentes?

—¡Uva, uva!... Eso es lo que hay que saber.

—Pues, hijos de mi alma—dijo el exclaustrado después de enjugar blandamente los sanguinolentos bordes de sus párpados con un retal de lienzo fino que traía guardado para esos lances,—con dos palabras os mataré la curiosidad... Que se presenta en mi casa la niña...

—¿Qué niña?

—La del difunto Mules.

—¿Silda?