—Así creo que se llama.

—¿Cuándo se presentó?

—No creo que hace una hora todavía.

—¿De ónde venía?... ¿Ónde está?

—Cállate esa boca, hombre; que todo irá saliendo cuando deba salir... Y dempués, pae Polinar, ¿qué resultó?

—Digo que se me presenta la niña, ó, para que el demonio no se ría de la mentira, me la presentan, y se me dice: «Padre Apolinar, que anoche la golpearon y la maltrataron en su casa, y se escapó de ella, y durmió en una barquía; y que ya no tiene más casa que la calle, con el cielo por tejado... y que á ver cómo arregla usted este negocio...» Porque ya sabéis, hijos míos, que al padre Apolinar se le encomienda, en los dos Cabildos, el arreglo de todas las cosas que no tienen compostura... Esa es mi suerte. No es cosa mayor; pero las hay peores... y, sobre todo, á mí no me toca escoger... Que el padre Apolinar oye esto, y que, en bien de la niña desamparada, piensa acudir á casa de Mocejón, para oir... para saber... para implorar, si convenía... Y que vengo, y que llamo, y que me mandan entrar, y que entro... y que en lugar de oirme, me injurian y vilipendian, porque intercedí para que recogieran á la muchacha, y el Cabildo no les ha dado lo que les ofreció por otras bocas y por la mía; y que me lo habré comido yo, y que me harán y que me desharán... Y ¡cuerno! que tuve que salir ahumando, porque no me devoraran aquellas furias... Y ya sabéis del caso tanto como yo.

Tía Sidora y su marido cambiaron entre sí una mirada de inteligencia; y no bien acabó el padre Apolinar su relato, díjole aquélla:

—¿De modo que, á la hora presente, Silda está sin amparo?

—Como no sea el de Dios...—respondió el fraile.

—Ese á naide falta—replicó la marinera;—pero ayúdate y te ayudaré... Y ¿qué es de ella, la enfeliz?