—No te lo puedo decir. De mi casa salió... para ir á ver entrar la Montañesa, con el hijo del capitán... ¡Mira si la acongoja bien lo que le pasa! ¡Recuerno con la cría!

—Cosas de inocentes, pae Polinar. Dios lo hace. Y usté, ¿qué rumbo piensa tomar?

—El de mi casa en cuanto salga de aquí.

—Digo yo respetive á la muchacha.

—Pues respetive á la muchacha digo yo también. Después, daré cuenta de todo al Alcalde de mar de este Cabildo, para que sepa lo que ocurre; y allá se descuernen ellos... Yo, lavo inter inocentes manus meas.

—Y si en tanto le saliera á la probe desampará un buen refugio—preguntó tía Sidora, mientras su marido confirmaba las palabras con expresivos gestos y ademanes,—¿por qué no le había de aprovechar?

—¡Uva!—concluyó tío Mechelín acentuando la interjección con un puñetazo al aire.

—¡Un buen refugio!—exclamó el fraile.—¿Qué más quisiera ella! ¿qué más quisiera yo! Pero ¿dónde está él, Sidora de mis pecados?

—Aquí—respondió con vehemencia cordialísima la marinera, sacando más pecho y más barriga que nunca.—En esta misma casa.

—¡Uva!—añadió tío Mechelín.—En esta misma casa.