—¡Aquí!—exclamó asombrado fray Apolinar.—Pero ¿estáis dejados de la mano de Dios! ¡Tenéis la paz y buscáis la guerra!
—¿Por qué la guerra?
—¿Sabéis que es una cabra cerril esa chiquilla?
—Porque no ha tenido buenos pastores: ahora los tendría.
—¿Y las del quinto piso?... ¿Pensáis que os darán hora de sosiego?
—Ya nos entenderemos con esas gentes: por buenas, si va por las buenas; y si va por malas... hasta para la mar hay conjuros, bien lo sabe usté.
—Pues, hijos—exclamó fray Apolinar, levantándose de la silla y calándose el sombrero de teja,—con tan buena voluntad, no ha de faltaros el auxilio de Dios. Mi deber era poneros en los casos; y ya que os puse y no os espantan, digo que me alegro por el bien de esa inocente; y como no digo más que lo que siento, ahora mismo me largo en busca de su rastro, sin más miedo á los demonios del balcón que á los mosquitos del aire... Bofetones, afrentas y cruz sufrió Cristo por nosotros... Ánimo, y á sufrir algo por Él.
Y salió, acompañado del honradote matrimonio. Al pasar por delante de la alcoba del carrejo, tía Sidora, alzando las cortinillas de la puerta, dijo, deteniendo al fraile:
—Mire y perdone, pae Polinar. Aquí pensamos ponerla. Se llevarán estas ropas de agua y todos estos trastos de la mar, que ocupan mucho y no agüelen bien, al rincón de ajunto la cocina; se arreglará, como es debido, la cama, que ahora no tiene más que el jergón; y hasta el dormir la oiremos nosotros desde la otra alcoba. ¡Verá qué guapamente va á estar!... Como hubiera estado el lichón de mi sobrino si fuera merecedor de ello.
—¿Qué sobrino?—preguntó el fraile andando hacia la puerta del portal.