—El hijo de la Chumacera, de allá abajo.
—¡Ah, vamos... Muergo!... ¡Buen pez! Si va de la que va, te digo que hará buena á su madre. Carne, carne también, mordida del gusano corruptor... ¡Buen pez!... ¡bueno, bueno, bueno! Con que hasta luégo: vaya, adiós, Miguel; ea, adiós, Sidora.
Los cuales le oyeron claramente murmurar estas palabras, en cuanto puso los pies en el portal:
—¡Domine, exaudi orationem meam!
Porque sin duda iba pidiendo al Altísimo que le librara de las injurias que las del quinto piso quisieran lanzarle desde el balcón.
Si hace la salida un minuto antes, el haber pasado, como pasó, desde aquel punto de la calle hasta la esquina de la cuesta del Hospital, sin oir una injuria, hubiera sido un verdadero milagro; pues aún estaban entonces, de codos sobre la barandilla, echando pestes por la boca, la Sargüeta y su hija Carpia.