CÓMO Y POR QUÉ FUÉ RECOGIDA

No se le olvidaban á Andrés, con las glorias, las memorias. Había prometido á Silda ver al padre Apolinar al volver de San Martín; y para cumplir su promesa, dejó el camino derecho que llevaba, un poco después del mediodía, por detrás del Muelle, y se dirigió á la calle de la Mar, atravesando una galería de los Mercados de la Plaza Nueva.

Sentada en el primer peldaño de la escalera del padre Apolinar, halló á Silda, muy entretenida en atarse al extremo de su trenza de pelo rubio, un galón de seda de color de rosa. Tan corta era la trenza todavía, que después de pasada por encima del hombro izquierdo, apenas le sobraba lo necesario para que los ojos alcanzaran á presidir las operaciones de las manos; así es que éstas, y la trenza y el galón y la barbilla, contraída para no estorbar la visual de los ojos entornados, formaban un revoltijo tan confuso, que Andrés no supo, de pronto, de qué se trataba allí.

—¿Qué haces?—preguntó á Silda en cuanto reparó en ella.

—Ponerme esta cinta en el pelo,—respondió la niña, mostrándosela extendida.

—¿Quién te la dió?

—La compremos con el cuarto que le echastes á Muergo. Él quería pitos, y Sula caramelos; pero yo quise esta cinta que había en una tienduca de pasiegas, y la compré. Después me vine á esperarte aquí, para saber eso.

—¿Está en casa pae Polinar?

—No me he cansado en preguntarlo,—respondió Silda con la mayor frescura.