—¡Vaya, contra!—dijo Andrés, puesto en jarras delante de la niña, dando una patadita en el suelo y meneando el cuerpo á uno y otro lado.—Pues ¿á quién le importa saberlo más que á tí?
—¿No quedemos en que subirías tú, y yo te esperaría en el portal? Pus ya te estoy esperando; con que sube cuanto antes.
Andrés comenzó á subir de dos en dos los escalones. Cuando ya iba cerca del primer descanso, le llamó Silda y le dijo:
—Si pae Polinar quiere que vuelva á casa de la Sargüeta, dile que primero me tiro á la mar.
—¡Recontra!—gritó desde arriba Andrés.—¿Por qué no se lo dijiste á él cuando estuvimos en su casa antes?
—Porque no me acordé,—respondió Silda de mala gana, entretenida de nuevo en la tarea de poner el lazo de color de rosa en su trenza de pelo rubio.
No habría transcurrido medio cuarto de hora, cuando ya estaba Andrés de vuelta en el portal.
—Estuvo en casa de tío Mocejón—dijo á Silda, jadeando todavía,—y de por poco no le matan las mujeres.
—¿Lo ves!—exclamó Silda, mirándole con firmeza.—¡Si son muy malas!... ¡pero muy malas!
—Te van á llevar á una buena casa,—continuó Andrés en tono muy ponderativo.