No podía llegar la huéspeda más á tiempo. Recorrió serenamente con la vista cuanto en la casa había al alcance de ella, y se sentó impávida en el escabel que le ofreció con cariño tía Sidora, delante del otro sobre el cual humeaba el potaje dentro de una fuente honda, muy arranciada de color, y algo cuarteada y deslucida de barniz, por obra de los años y del uso no interrumpido un solo día. Tío Mechelín, por su parte, y mientras le bailaban los ojos de alegría, ofreció á Silda un buen zoquete de pan y una cuchara de estaño, porque en aquella casa cada cual comía con su cuchara; la oferta fué aceptada como la cosa más natural y corriente, y se dió comienzo á la comida, sin que se notara en la muchachuela la menor señal de extrañeza ni de cortedad; aprovechaba rigurosamente el turno que le correspondía para meter en la fuente su cuchara, y oía, sin responder más que con una fría mirada, las palabras cariñosas de aliento que tía Sidora ó su marido la dirigían.
Fray Apolinar creyó muy oportuna la ocasión para repetir á Silda lo que le había dicho por el camino, y aun para añadir algunos consejos más, y comenzó á ponerlo por obra; pero tía Sidora le cortó el discurso, diciéndole:
—Todo eso y otro tanto hará ella, sin que se lo manden, por la cuenta que la tiene. ¿No verdá, hija mía? Ahora come con sosiego; llena esa barriguca, que bien vacía debes de tenerla; duerme en buena cama, y dispués ya habrá tiempo para todo: tiempo pa trabajar y tiempo pa divertirte como Dios manda.
—¡Uva!—exclamó tío Mechelín.—Al cuerpo no hay que pedirle más [rema] que la que puede dar de por sí... Y usté, pae Polinar, que tiene buen pico y mano en todas partes, bueno sería que diera cuenta, á quien debe tomarla, de los mases y los menos que ha habido en este particular.
—¡Vaya si estoy yo en eso, por la responsabilidad que me alcanza!—respondió el fraile.—¡Si me mamaré yo el dedo!
—¡Uva!... Hoy es sábado... Mañana habrá Cabildo motivao á socorros y otros particulares.
—Mejor entonces—dijo el padre Apolinar:—yo pensaba ver solamente al Sobano cuando volviera de la mar esta tarde; pero ya que tú me haces ese recuerdo, me acercaré mañana por acá, y haré que el caso sea tratado en Cabildo.
—¡Uva!... Pero ná de sustipendio ni de socorro pa el caso; aquí no se quiere más que autoridá y mano contra todo mal enemigo de lo que se hace con buen corazón...
—Entendido, Miguel, entendido... ¡Recuerno! ¡pues no me va á mí poca parte en ello! Cuando á tí te desuellen por lo que haces, buena me pondrían á mí la pelleja... ¿Tantas horas hace que lo has visto?... ¿eh?... ¿Lo olvidastes ya? Pues á mí todavía me tiemblan las carnes y me zumban los oídos. ¡Lenguas, lenguas de sierpe y almas de perdición!
—Vaya—dijo medio en broma tía Sidora,—que tiene usté menos correa de lo que yo creía, pae Polinar. ¿Quién se acuerda ya de eso, si no es para hacerlo la cruz y pensar en otra cosa?