—Cierto, Sidora, cierto—respondió apresuradamente el fraile,—que ni por lo que son ellas ni por lo que yo soy, debiera haber vuelto á tomarlas en boca. Pero somos barro frágil, carne mísera; y se cae, se cae cien veces cada hora. Mi ejemplo debiera ser de fortaleza, y lo es de... de chanfaina, Sidora, de chanfaina; porque no valemos un cuerno... ¡Domine, ne recordaris pecata mea! Y con esto, si no mandáis otra cosa, me vuelvo á mis quehaceres... Silda, lo dicho, dicho: has caído de pie; te ha tocado la lotería. Si lo arrojas por la ventana, no merecerás perdón de Dios, ni cuentes conmigo, por mal que te vaya... Con que Miguel; con que Sidora, á la paz de Dios... Creo que se podrá salir... digo yo, sin avería gruesa, ¿eh?... ¿Os parece á vosotros?

Tía Sidora se levantó, sonriéndose maliciosamente; salió, llegó á la misma puerta de la calle, miró y escuchó desde allí, y volvió á la salita diciendo al padre Apolinar:

—No se ve un alma ni se oye un mosquito.

—No tomes tan á pechos mi pregunta, mujer—dijo el fraile algo pesaroso de haberla hecho,—porque ya sabes que cuando llega el caso, fray Apolinar tiene piel de hierro para las injurias; pero, de todos modos, se te agradece la precaución, y Dios te lo pague.

Tornó á despedirse, y se marchó.

Momentos después preguntaba tía Sidora á Silda:

—Y de equipaje, ¿cómo estás, hijuca? ¿No tienes más que lo puesto?

—Y otra camisa limpia que se quedó allá,—respondió Silda.

—Pues no hay que pensar en sacarla, aunque juera de rasolís. Pero ya parecerá otra, ¿no verdá, Miguel?

—Y lo que de menester juere—respondió tío Mechelín,—que para cuando llegan los casos son los agorros.