De pronto dijo Silda:

—El que no tiene hilo de camisa es Muergo.

—Buena la tendría si la mereciera,—respondió tía Sidora.

—Esta mañana—añadió Silda,—tampoco tenía calzones, y pae Polinar le dió los suyos.

—¡Bien de sobra los tenía!—dijo la marinera con enojo visible hacia su sobrino.

Á lo que replicó en seguida la chica:

—Le dió los que llevaba puestos; y yo creo que no le quedaron otros.

Tía Sidora y su marido se miraron recordando haber visto al fraile en calzoncillos.

—Y bien, ¿y qué?—preguntó á la niña tía Sidora.

—Que más falta le hace á Muergo la camisa que á mí.