Mientras ésta se daba una vuelta por la cocina, se oyeron golpes á la puerta de la escalera y Bitadura salió corriendo á la sala... sala de capitán de entonces, con los retratos de todos los barcos en que había navegado, desde piloto inclusive; un espejo con marco de papel dorado, y dos ó tres cuadritos de bordados de felpilla, obras de la capitana cuando iba al colegio, colgados en las blancas paredes; sobre las rinconeras y la consola de caoba, caracoles de la China, ramilletes de coral, monigotes de especias, una bandeja grande, puesta de canto, detrás de una caja de música; y entre dos fruteros de cera, con sendos fanales, y debajo de otro ovalado, un barco que se bamboleaba sobre una mar contrahecha, en cuanto se tocaba un resorte que tenía la peana; sillería de cerezo; una alfombra delante del canapé; cortinillas de muselina rameada en las vidrieras del balcón, en las de la alcoba, carrejo y gabinete; el suelo de tabla de pino, muy fregado... y paren ustedes de contar. Las sillerías de caoba con embutidos de limoncillo y asientos de tejido de cerda; el reló de sobremesa, los candelabros de plata, los espejos de vara y media de altos con marco de pasta dorada; el retrato de cuerpo entero, obra del pincel de Salvá ó de Bardeló; el papel aterciopelado en las paredes, las cortinillas de tafetán encarnado en las vidrieras de las alcobas, y la alfombrita delante de cada puerta y de cada mueble importante de la sala, quedábanse para un puñadito de familias, cuyas mujeres torcían el gesto cuando se rozaban con el vulgo de los mortales, y cuyos muchachos gastaban las únicas levitas forradas de seda que se vieron entre sus coetáneos, no bebían agua en las fuentes públicas aunque se murieran de sed, jugando finamente al marro con sus congéneres, y antes se hubieran dejado desollar que descalzarse en la Maruca para navegar un poco en sus flotantes perchas...

Y perdone otra vez el lector al ver que me marcho por los trigos nuevamente: puede más que mi propósito de no extraviarme con el relato, la fuerza de los recuerdos que vienen enredados á cada detalle que apunto de aquellas gentes y de aquellos tiempos que se grabaron en las tablas vírgenes de la memoria.

Vuelvo, pues, al asunto, y digo que la primera visita al recién llegado capitán, fué la del matrimonio del cuarto piso, con la mayor de sus hijas, apreciable familia de tenderos por juro de heredad, pero harto insípida para unos gustos tan especiales como los de Bitadura. Algo más le entretuvo después el jubilado capitán Arguinde, con sus alegrías de carácter y su desatinada sintaxis de vizcaíno impenitente; no tanto doña Sinforiana Cantón, viuda desde muy joven, y ya pasaba de los cuarenta y cinco, de un piloto que murió de calenturas en la costa de África; mucho menos la señora y las hijas de un comandante retirado, amigas de su mujer, y menos todavía otras personas que acudieron también á verle por razón de parentesco remoto, ó de gratitud ó de interés. Porque con los amigos y camaradas, con la gente del [aligote], como él llamaba á los del oficio, ya se había visto despacio y en lugar conveniente para hablar sin trabas y reir sin medida.

De esta gente eran los tres convidados que aguardaba, además de su piloto Sama, y fueron llegando uno tras otro. Uno solo de ellos era capitán. De los dos pilotos, sin contar á Sama, uno se llamaba Madruga, prototipo de la especie; el otro era Ligo, el mozo que vimos en San Martín con Andrés. Éste era el más joven de todos, y quería ser el más elegante y culto; desde luégo era el más aparatoso y el más desatinado. Madruga y él formaban un delicioso contraste. Madruga era impasible de fisonomía, hablaba bajo, poco y como de mala gana; pero lo que hablaba, salía forrado en cobre de sus labios, cuya expresión de burla estaba tan cerca de la del enojo, que se confundían muy á menudo: de aquí el interés singularísimo de su pintoresca palabra. Ligo, al contrario, era locuaz, con grandes presunciones de hombre de mundo, ó de ser capaz de serlo. Hablaba de todo en el estilo y con la brusquedad de lo que era, con términos finos, que él fabricaba á su gusto cuando la necesidad se lo exigía. De este modo, resultaban unos potajes, unas finezas tan burdas y unas groserías tan finas, que era todo lo que había que oir.

Había señoras todavía en casa de Bitadura cuando él llegó, y llegó el último. Madruga se había portado tal cual, quitándose la gorra y haciendo su poco de reverencia antes de sentarse. Sama tampoco se había metido en muchos dibujos, porque no los conocía, y se había achantado, muy calladito, en un rincón, donde se entretenía en dar vueltas á la gorra entre sus manos, mientras silbaba, casi mentalmente, una sopimpa de allá.

El capitán Nudos, algo más joven que Bitadura y tan bien vestido como él y cortado por el mismo patrón que él, no le aventajaba un ápice en perfiles de cortesía y ceremoniales de sociedad: verdaderamente estaba casi rapado á navaja en esos particulares; pero, al cabo, había tenido trato de gentes por razón de su empleo, y tenía oído que, en una casa, la señora debe ser siempre la persona más atendida de propios y extraños; por lo cual, viendo desocupado un hueco en el canapé donde se sentaba entre otras amigas la capitana, allá se coló, y allí dió fondo junto á ella, sin más trabajo que el de removerse algo para agrandar la plaza en que no encajaban bien sus anchas posaderas. Y allí se estaba, algo oprimido y molestando un poco á sus colaterales; pero, al cabo, como un señor y sin meterse con nadie.

Cuando entró Ligo, con gran estruendo de tacones y resoplidos y mucho zarandeo de arboladura, el amo de casa entretenía como Dios y su impaciencia le daban á entender, aquellos ratos fastidiosos; Andrea hablaba con las señoras; Sama, cansado de voltear la gorra, se había puesto de codos sobre los muslos, y se divertía en meter escupitinas, á plomo, por la juntura de dos tablas del suelo; Madruga, con el pie izquierdo descansando sobre la rodilla derecha, muy tirado el cuerpo hacia atrás, con una mano entre las solapas del chaquetón y en la otra la gorra, escuchaba, con una atención tan afectadamente grave que resultaba cómica, lo poco que en serio se le ocurría á Bitadura; y el capitán Nudos, á juzgar por la cara que ponía, le estaba pidiendo á Dios que le inspirara un modo de salir cuanto antes de aquellas estrecheces.

Por entrar Ligo y observar el cuadro, se ratificó en su creencia de que aquellos hombres no valían para el trance en que estaban metidos, y sospechó que las señoras se aburrían. Él lo iba á arreglar todo dando una lección de cortesía y travesura elegante á sus camaradas, y un poco de amenidad á la visita, para recreo de las señoras. ¡Y allá va! Apóstrofe á éste, palmoteo sobre la espalda del otro, indirectas á Bitadura, chicoleos á la capitana, fineza por aquí, galantería por allá, cómo se las arreglaría el bueno de Ligo, y de qué calidad serían sus discreciones y amenidades, que antes de que pensara en sentarse en la silla que arrastraba de un lado para otro, mientras hablaba y se revolvía dentro del corro, ya no quedaba en la sala una señora, y salía detrás de la última la capitana con las mejillas muy coloradas y mordiéndose los labios de risa.

En cuanto se vieron solos los cinco marinos, Bitadura cayó sobre su compañero, el del sofá, que comenzaba á desarrugar la faz y á desentumecerse, diciéndole mientras le abrumaba á resobones:

—¡Osio, Macario!... ¡Desínflate ya, hijo, que tienes la cara como una [ufía]!