—¿Por qué no le compras?—le dijo su mujer.
Bitadura la miró con el asombro pintado en la cara.
Decir á un capitán de aquéllos que saliera con bastón, equivalía á aconsejar á un coracero que llevara en la mano un abanico.
Pero, en fin, se fué acostumbrando á la librea, aunque no la usaba más que en actos oficiales, digámoslo así, ó en momentos muy solemnes; fuera de esos casos, un traje holgado, de medio aparejo, entre piloto y capitán; cómodo, sin dejar de ser serio.
Cuando ya tenía un hijo de tres años, le dieron el mando de la Montañesa, uno de los mejores barcos de la matrícula de Santander. Como no era lerdo, se acostumbró primero al trato de gentes que al uso de las prendas finas; llegó á ser un capitán de los más atractivos para los pasajeros, y el armador de la Montañesa no tuvo motivos para arrepentirse de haberla puesto bajo su mando. Como, además, era un marino consumado y un administrador celosísimo, abriósele ancha mano, comenzando por concedérsele los [abarrotes], con lo cual, llevando por su cuenta pacotillas de frutos peninsulares, y trayéndolas de ultramarinos, se granjeó muy buenas ganancias en pocos viajes, y señalósele más tarde un buen interés en los cargamentos que se le encomendaban. Á pesar de ello y de tener muy rebasados los cuarenta cuando el lector le ha conocido, continuaba siendo, fuera de servicio, el Bitadura de siempre, el muchacho grande, dado con pasión á las cosas chicas de su tierra, á los placeres sencillos, á la frase pintoresca y al vestido cómodo.
Andrea, que no tuvo más hijos que el que conocemos, se había ido ajamonando poco á poco, y era, en la ocasión en que aparece aquí, una mujer de gran estampa: blanca y apretada de carnes, rica de formas, y de rostro alegre y bello.
Había ido á misa de once aquel día del bracete de su marido, con vestido de gró negro, chal de Manila, mantilla de blonda, abanico de nácar y mitones de seda calados. Él con levita y pantalón de paño negro finísimo, con trabillas de botín, chaleco de raso, sobre el cual serpenteaban dos enormes ramales de la cadena de oro de su reló; chalina de seda, de cuadros obscuros con dos alfileres de brillantes, unidos por una cadenilla de oro; sombrero de copa, muy reluciente; botas de charol y guantes de seda de color de ceniza. Sudaba el hombre, de calor y de molestia, debajo de aquellas galas que le oprimían por el cuello, por la cintura y por las manos y por los pies; y relucía su atezado rostro, encuadrado entre las patillas, algo grises ya, y las alas del sombrero, mientras el almidonado cuello de la camisa se reblandecía y arrugaba con el sudor del pescuezo.
Todo aquello lo esperaba él, y bien sabe Dios lo que le desazonaba; pero la salida era de necesidad, porque su mujer había estado soñando con ella meses enteros: no conocía satisfacción más grande; y él quería demasiado á su mujer para no complacerla, sin regatear, en cosa tan hacedera. Por otra parte, ¿á qué negarlo? si Andrea se creía más alta que una corregidora por ir del brazo de un marido como el suyo, Bitadura pensaba que, en opinión de cuantos pasaban á su lado, no había princesa que valiera en estampa lo que su mujer.
Y así marchaban los dos, calle de San Francisco arriba y Plaza Vieja adelante, recibiendo á cada paso bienvenidas y apretones de manos él, y felicitaciones y saludos ella, mientras Andrés, que caminaba á la derecha de su madre, con su vestido de los domingos, compuesto de chaqueta entallada, con cuello de moaré, pantalón de mezclilla de lana, chaleco jaspeado, corbata de mariposa, borceguíes nuevos y gorra de felpilla imitando piel de tigre, saludaba muy ufano á los amigos de su mismo pelaje, ó se hacía el desconocido cuando le guiñaba el ojo algún granuja, su camarada de hazañas del Muelle-Anaos. Al salir de misa, nuevos y más numerosos saludos, nuevas detenciones y bienvenidas; y vuelta á casa con el posible apresuramiento, porque no faltarían visitas que recibir en ella, amén de que había convidados á la mesa, se comía á la una en punto, y Andrea no se fiaba ni de la guisandera que había tomado para aquel lance, superior á los recursos culinarios de su criada.
El lector y yo llegamos en el momento en que el capitán largaba los guantes y la cacimba sobre una cómoda, y su mujer, después de plegar la mantilla y el pañolón de seda, los guardaba en un tirador del propio mueble. De buena gana hubiera cambiado Andrea su vestido de gró por otro más modesto, de raso de lana, y el capitán sus arreos de «señor de Ayuntamiento» por el atalaje de á bordo; pero, como ya se ha dicho, aguardaban visitas, por ser de rigor en aquellas circunstancias; y las visitas de entonces no las recibía un recién llegado como Bitadura, sin echarse encima el fondo del baúl, máxime siendo día de fiesta y teniendo una mujer tan escrupulosa en estos particulares, y tan guapota y apuesta como la que él tenía.