Cuando concluyó los cursos de náutica, necesitó hacer, en calidad de agregado, dos viajes redondos á la Isla de Cuba. Y los hizo en un barco que mandaba un amigo de su padre. En estos viajes tuvo la categoría de mozo de á bordo, es decir, la de marinero principiante. Después se examinó en el Ferrol; y allí, aprobados sus ejercicios, obtuvo el título de tercero, con el cual se embarcó en Santander en una fragata, para hacer los tres viajes que se le exigían en aquella segunda etapa de su carrera. Los hizo también, en poco más de un año, á ratos navegando como en una palangana, y á ratos con la vida en un hilo.

Del último de estos viajes volvió, aunque crisálida todavía, apuntándole las alas de mariposa. Ya el espeso pelambre de su cara, afeitada de quijadas arriba, era algo más que sombra de patilla á la catalana; sus manos comenzaban á ponerse velludas, su voz á embronquecerse y sus espaldas á encorvarse; era muy atezado, y formaba con «los marinos» en sus parrandas y rumantelas.

Preparóse, repasando con Montalvo una temporadita; fuése al Ferrol por segunda vez; aprobáronle en el rígido examen á que fué sometido, y se le extendió su título, en toda regla, de segundo, ó sea de piloto de derrotas, que es lo que iba buscando Pedro Colindres, ya, para entonces, conocido entre la gente del oficio con el mote de Bitadura, no sé por qué... Y aprovecho esta oportunísima ocasión para advertir á los lectores de tierra adentro, persuadidos, quizá, de que es un capricho mío la coincidencia de que casi todos los personajes que van apareciendo hasta ahora en este libro tengan un mote por nombre, que no hay tal capricho ni cosa que lo parezca. Tan frecuente es el mote entre las gentes de mar de este puerto, y tan avezadas están á oirse llamar por él, que en el gremio de pescadores ha habido quien desconocía su propio nombre de pila, y muchos que no le conocieron hasta que le necesitaron para inscribirle en el libro de matrículas de mar. Lo mismo entre estas gentes ignorantes y zafias que entre las más elevadas y cultas, de carrera, el mote aparece sin saberse por dónde ni cómo. Generalmente procede de un dicho ó de un hecho, ó de una circunstancia cualquiera, de la persona que se le halla encima de la noche á la mañana; pero quién se le puso y cuándo, no es fácil de averiguar.

Bitadura tardó bastante en colocarse, después de recibir el título de segundo, porque estas plazas no abundaban, con ser entonces tan numerosa la marina mercante de vela; pero, al fin, halló barco, y en él hizo su primer viaje de piloto.

Á la vuelta de este viaje fué cuando apareció en Santander en perfecto carácter de «marino;» ya era... como todos. Porque, yo no sé cómo diablos sucedía eso; pero sucedía: que fueran rubios ó delgados, ó altos ó bajos, los náuticos del Instituto ó los agregados en su primer viaje, poco á poco iban transformándose; y cuando volvían de segundos, todos eran iguales; todos tenían mucha espalda, mucha mano y muy velluda; todos eran morenos, con patilla corrida, muy espesa; abiertos de brazos, ásperos de voz, lentos en el andar, duros de ceño, secos de frase, pero pintorescos de palabra, y de gustos pueriles y espíritu regocijado. Por último, todos vestían el mismo traje: la gorra con galón de oro y botón de ancla sin corona; el chaquetón pardo; las botas de agua sobre pantalón pardo también, y la corbata negra á la marinera; y acaso esta rigurosa uniformidad de vestido y de modales, contribuyera á darles la extraordinaria semejanza que se notaba entre ellos.

Bitadura fué uno de los más populares de su tiempo; y cuando, después de haber corrido borrascas en todos los mares de los dos mundos, dió en antojársele que no le llenaban por entero, al llegar á Santander, los entretenimientos del café de la Marina, las parrandas nocturnas, las culebras en las romerías, y otras hazañas de rigor en el gremio, algunas de ellas harto pueriles, se armó un día de valor, él que no se amilanaba entre los abismos del mar embravecido; se atusó un poco la greña; se puso camisa limpia, y unas botas de charol debajo de las perneras, y se fué á pedir á un piloto jubilado, más por falta de salud que por sobra de años, la única hija que tenía, moza, á la sazón, en la flor de su primavera, y, como decía el mismo Bitadura al describírsela á un amigo, después de confesarle su proyecto, «bien corrida de [eslora], recia y levantada de amuras, airosa de [raseles] y alta de [guinda]

Estaba hecha á poco la pretendida, porque en aquel tiempo aún había clases, y apenas gastaban seda las chicas solteras de más de siete familias de Santander; era bien afamado el pretendiente, porque no se tomaban á pecado las calaveradas temporeras, digámoslo así, de aquellos mozos tan honrados en el fondo de sus almas, y tan valientes y sufridos en la mar; le estimaba mucho el padre, y la hija le había visto, por tres veces, barrer á bofetadas la acera de enfrente para quedarse él solo echándola requiebros, mentalmente, desde allí; de modo que, aunque todavía no había pasado de piloto, y era tan desmañado en finiquituras y voquibles, que sudó brea para dar á entender lo que quería en aquel trance (porque claro de todo no acertó á decirlo), concediéronle la chica, que se llamaba Andrea, y tenía dos ojos como dos soles; un pelo que relucía de negro, y tan abundante, que no le cabía en la cabeza; y una boca, y un color... en fin, una buena moza en toda la extensión de la palabra.

Casóse con ella andando los días; y antes de un mes de casado, se embarcó para hacer su último viaje de piloto. Porque á la vuelta, habiéndose desembarcado el capitán por una larga temporada, le dieron á él el mando del buque, que era un bergantín bien afamado. Y hete aquí ya á Periquito hecho fraile. Ya era capitán; ya tenía una paga de sesenta pesos al mes, y no tardaría en disfrutar de los beneficios que generalmente conceden los fletadores ó dueños del barco al capitán que le manda con celo é inteligencia... Pero, en cambio, ¡qué peso tan molesto el de los deberes que le imponía su repentina transformación! ¡Cómo le costaba amoldarse al ritual de su nueva categoría! Por de pronto, fuera chaquetones y botas de agua, y todo cuanto ésta y las demás prendas del hábito de un piloto representaban en su vida pública: la independencia, la holgura, la vida alegre de mozo descuidado, el lenguaje convencional y pintoresco... y hágase usted hombre formal, y hable en serio con mercaderes y corredores, y, sobre todo, vístase usted de paño fino, con alas y arrastraderas... y meta el corpanchón macizo debajo de una levita; los pies dentro de unas botas de charol; las manazas, gruesas y velludas, en guantes de cabritilla, y... ¡horror de los horrores! sobre la cabeza, arreglada por la hoz del peluquero, encájese el oprobio de la castora... y échese usted con ese aparejo á la calle, sin atreverse á andar ni á revolverse mucho por temor de que salten los botones ó revienten las costuras; y salude á la moda en los escritorios y consulados; y mientras habla ó le despachan, siéntese, por lo fino, en una silla, y mátele la duda de si pondrá la canoa en el suelo ó la tendrá entre las manos, ¡ó la arrojará por el balcón, que es lo que él preferiría!

La primera vez que se vió ataviado así delante de un espejo, soltó la carcajada.

—Con esto y un bastón—exclamó,—un matasanos de aldea.