LOS «MARINOS» DE ENTONCES

Aunque el lector de ultrapuertos quisiera permanecer un ratito en el Paredón, después de terminado el Cabildo, para dar recreo á los ojos contemplando el panorama que se descubre desde allí, describiendo con la vista un arco desde el monte Cabarga hasta el llano de las Presas; deteniéndola en el cercano fondeadero del Pozo de los Mártires, verdadero bosque de arboladuras, ó en el más próximo aún del Dueso, salpicado de lanchas y barquías del Cabildo, bien ajeno éste á creer que su axioma tradicional de «por mucho que apañes no fundarás en el Dueso,» había de ser desacreditado por el genio emprendedor de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la estación del ferrocarril, emblema del espíritu revolucionario y transformador de las modernas sociedades; haciendo, por curiosidad, desde lo alto de la escalera, algunas preguntas (que no quedarán sin sabrosa respuesta) á los muchachos de lancha, que canturrian ó vocean debajo del Paredón, mientras achican ó desatracan las que están á su cuidado; ó dando un vistazo, desde el crucero del alto de la cuesta del Hospital, á las dos filas de casas altas, angostas, desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse mejor, cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos, y los balcones, de redes y de trapajos, con rabas de pulpo y artes de pescar secándose en las paredes del fondo; y tripas de sardina y piltrafas de bonito por los aires; y madres desgreñadas y sucias, espulgando á sus hijos, medio desnudos, á la puerta de la calle; que todo eso, y mucho más que no digo, porque se adivina, y porque no cabe en la pulcritud del arte, era el barrio de los mareantes de Arriba, y en la misma forma continuó siendo durante muchos años; aunque en la contemplación de éste y del otro espectáculo quiera detenerse, repito, el susodicho lector de ultrapuertos; y aunque se pare un instante á la puerta de la taberna del tío Sevilla, atestada de marineros que más se ocupan en tomar la mañana que en examinar las cuentas del Cabildo, aún nos queda tiempo sobrado para llegar, poco á poco, á la calle de San Francisco, por la cual discurrían los elegantes de entonces, con sus tuinas de mezclilla verdosa, prenda recién introducida en la indumentaria al uso, y penetrar, con la debida licencia, en casa del capitán de la Montañesa, don Pedro Colindres, más conocido entre la gente de mar por su mote de [Bitadura], en el instante de llegar con su señora y su hijo de la misa de once de la Compañía.

Y quiero que sea éste el momento de nuestra presentación á él, para que le vean con todas sus [empavesadas] de señor los que hayan podido verle á bordo, ó desembarcar al día siguiente, con su ropaje del oficio, sin [arrastraderas], macizo y basto.

No era este personaje de mucha talla: quizá no pasaba de la regular; pero, en cambio, era doble, sobre todo de espaldas, de brazos y de manos...

Perdone la impaciencia del lector; pero necesito tomar esta figura desde más atrás, ab ovo casi, para que resulte con todo el relieve que debe tener en el momento de aparecer en el cuadro. Procuraré ser breve; pero, aunque no lo consiga, no se apure, pues esta digresión, además del fin inmediato que lleva, ha de ahorrarnos otras por el estilo, despejándonos el terreno en que vamos á entrar; porque la especie abunda en ejemplares, y ab uno disce omnes.

De cepa marinera por todos sus cuatro costados, apenas salió de la escuela de don Valentín Pintado ingresó á estudiar náutica en el Consulado[2] con don Fernando Montalvo; pero ya para entonces, aunque sólo contaba trece años, fumaba valientemente de lo pasiego, si no había tabaco más suave á sus alcances; nadaba de espaldas y se sostenía derecho en el agua sin mover los brazos; se hacía el muerto, y, en fin, echaba un cole desde el paredón del Muelle-Anaos; daba torno á cualquiera de su parigual remando en un bote; había capitaneado dos guerras, y en la bofetada limpia era una reputación en la plaza de las Escuelas, en la Maruca, en el prado de Viñas y en otros holgaderos por el estilo; le temían de lumbre muchísimos zapateros de portal; tenía buenas amistades en el Paredón de la calle Alta, y en la mesa de la Zanguina llegó á dar las tres bolas y el cangrejo á un cabo de la guarnición, que había sido pinche de billar en su tierra, y, así y todo, le ganó la partida.

[2] Hasta el año de 1837, en que se inauguró el Instituto Cántabro, se estudiaban esta asignatura y otras de la carrera mercantil, en el Consulado de Comercio.

Pero todavía conservaba en el vestir y en el andar y en el decir, el aire terrestre; todavía era vivaracho, desorejado de borceguíes, gastaba cachucha, tiraba á rubio, decía ¡coila! cuando se enfadaba, y comía mucho pan, pellizcando, sin sacarle, el zoquete que llevaba siempre en el bolsillo.

En cuanto fué náutico, se asimiló poco á poco los aires y el estilo de aquella raza especialísima de estudiantes que no parecían nacidos de madre, como toda la descendencia de Adán, sino construídos de roble en las gradas de un astillero. De ellos tomó la rudeza del acento, el apóstrofe crudo, el mirar osado, la falta de respeto á todo profesor que no fuera el suyo, el andar oscilante, con los hombros levantados, el horror á los faldones, la chaqueta abrochada, la gorra con galón dorado y visera de charol, muy pegada á la frente... y hasta la tez empañada.