—Se hace saber que por el amparo de la desvalida no se quiere sustipendio ni cosa anguna de naide; pero se pide al Cabildo mano y autoridá para que se deje hacer por ella, á quien quiere hacerlo de buena voluntá, lo que otros no han querido ó no han podido hacer. ¿Vale, ú no vale esto que se dice? ¿Se me entiende, ú no se me entiende? ¿Hay seguranza, ú no hay seguranza de que la cosa se haga como se pide?
—¡La hay!—respondieron muchas voces.
Y el Sobano añadió en seguida, con la proa puesta á Mocejón:
—El Cabildo ampara á esa muchacha... ¿Se oye bien lo que se dice?... Pues no se dice más, porque no es de menester más para que angunos entiendan lo que se quiere decir.
Mocejón, que no cesaba de rutar, protestando de todo y contra todo, al ver que el concurso se deshacía, fué soltando voz según iban creciendo los rumores de los que se dispersaban; y todavía cuando, arrollado por ellos y estorbando á la mayor parte, estaba cerca de la taberna del tío Sevilla, se le oía decir:
—¡Pos míate el otro... piojucos... chumpaoleas! ¡Ñules!... Se ha de ver si sirve ser un cuentero, lambe-caras, como tú, pa disfamar á naide que vale más que tú y la perra sarnosa que ha de volver á parirte á tí y toa esa gatuperia que saca la cara por tí... ¡reñules!...