Tío Mocejón, barruntando que aquel asunto iba con él, recibió las palabras del Sobano y las miradas codiciosas de la gente, como un mastín el palo con que le hurgan los muchachos por debajo de la puerta.
Añadió el Alcalde de mar que si el Cabildo no había cumplido lo que ofreció por bocas de hombres de bien, era porque no se creía obligado á ello, visto que de sobra estaban pagados el escaso alimento que recibía la huérfana y el montón de guiñapos que se le daba por cama, con el trabajo y los castigos bárbaros que se le imponían por la familia que la había recogido.
—¡Uva!—exclamó una voz.
—¡Choba... ñules!—bramó la aguardentosa de Mocejón.—¡Que se haga bueno eso!
—¡Se hará!—dijo con firmeza el Sobano,—y todo lo que sea de menester. Pero más le valiera á anguno que me oye, aguantarse al remo mientres pasa esta noruestá, que isar tanta vela.
—¡Uva!—volvió á exclamar la voz de Mechelín.
—Y ese que me prevoca—gruñó Mocejón,—¿isa vela, ú no la isa? ¿Sopla aquí el norueste pa toos por igual, ú sopla de otro modo?... ¡Ñules!... Y miá tú, chaquetín de la bodega, si quies decir algo, lo dices claro y á la cara, y no escondío entre el porreto como los pulpes... ¡ojo!
Hubo un poco de movimiento, como hervor de [resaca], en el concurso, al oir á Mocejón; cuyo descomedimiento animó al Sobano, curado de escrúpulos ociosos, á contar en pocas palabras lo acontecido á Silda en casa de la Sargüeta, hasta que fué recogida en la de Mechelín.
Se preguntó al Cabildo si consideraba bastante aquella casa para refugio y amparo de la huérfana; y el Cabildo respondió que sí, entre los gruñidos, [bandazos] y manoteos del salvaje Mocejón, que no cerraba boca ni paraba un punto, mientras el mozo del pelo crespo, de labio corto y de los dientes largos, iba con los ojos airados de Mocejón á los de adentro, y de los de adentro á Mocejón, sin saber á quién arrimarse con su parecer.
Tío Mechelín tomó entonces la palabra, y dijo: