Primero. Que pagaran, á contar desde aquel día, soldada y media por semana las embarcaciones deudoras, en este concepto, al tesoro del Cabildo, hasta la extinción de las respectivas deudas.
Segundo. Que se advirtiera al boticario del gremio que no se le darían los cuarenta duros de aumento que pedía para el nuevo asalareo, ni se despediría al facultativo, ni se pondría coto á sus recetas.
Tercero. Que cuando llegara el caso de marchar al servicio de la Armada los matriculados comprendidos en la leva, cobraría puntualmente cada uno los ciento cincuenta reales de socorro á que tenían derecho.
Cuarto. Que en la taberna del tío Sevilla se pondrían de manifiesto, acabado el Cabildo, las cuentas de tesorería, y que con el remanente que arrojaran y á medida que fueran recaudándose los créditos, se irían levantando todas las cargas pendientes, sin tocar al fondo de reserva; pues si sagrada era la obligación que tenía el Cabildo de dar socorros á los pescadores en épocas de temporal, no lo era menos la de pagar los pescadores las soldadas semanales al tesoro del Cabildo.
Quinto. Que se gastara la cantidad de costumbre en las fiestas de San Pedro.
Y por último. Que los enfermos que ni sanaban ni se morían, continuaran percibiendo el socorro que se les pasaba, hasta que Dios dispusiera de ellos, según fuera su santísima voluntad.
Proclamados estos acuerdos á la luz del sol, y estampados en el fondo azul de los cielos, bajo la fe de la palabra honrada de los mareantes constituídos en Cabildo, libro que no admite raspaduras ni malicias de redacción, y por eso nunca dieron que hacer sus cláusulas á la Justicia, tosió el Sobano cuando ya el concurso comenzaba á disgregarse, alzó el brazo derecho y la cabeza, y dijo así, sobre poco más ó menos:
—¡Alto, señores!... que falta un punto por arreglar, y hay que arreglarle antes de irnos de aquí.
La curiosidad movió á todas las gentes aquéllas, y poco á poco fueron acercándose al Alcalde de mar, hasta encerrarle en compacto círculo. Mocejón y el otro mareante, el mozo del labio corto y de los dientes largos, se quedaron fuera de la línea, pero con mucho oído y refunfuñando.
El Sobano comenzó á hablar entonces, con gran parsimonia y pulsando mucho las palabras para que ofendieran menos, de cierto compromiso adquirido siete meses antes por el Cabildo, pero fuera de junta, de socorrer con una ayuda de costas á la familia que recogiera y tratara como era debido en josticia y caridá (esto lo recalcó mucho), á la huérfana del llamado Mules, «perecido en las rompientes de San Pedro del Mar, con todos sus compañeros, en la última costera del besugo.»