—Y ¿qué es lo dicho?—le replicaban.

—Pa saberlo está usté ahí—reponía el del labio corto y los dientes largos, acabando de dar la media vuelta hacia atrás:—pa eso, pa saber lo que yo digo y hacer lo que nusotros quieramos; que pa eso semos Cabildo.

Palabras que recogía con gusto un cincuentón desaliñado, diciendo, con la cara vuelta al costado de babor:

—Pa largar sereña semos Cabildo nusotros; que pa comerse la ujana, como si no juéramos naide.

—Ande va eso—exclamaba, un poco más allá, un mareante caído del hombro derecho y guiñando un ojo al preopinante;—ande va eso, bien lo sé yo... Angunos güen pellejo van echando de un tiempo acá... Mejor que el mío, ¡zonchos!

Por donde se murmuraba tan recio, solía andar Mocejón.

—La barredera... ¡la barredera, hijos!—añadía por su parte, con la cabezona gacha y el ojo de cerdo.—¡La barredera!... Aquí no se gasta menos... á pie ensuto y cuerpo regalón; y tú, probe mareante, arrevienta allá juera jalando del remo, ¡y vengan julliscas!... Siempre largando lastre, y nunca mus sale la cuenta... ¿Cómo ha de salir, ñules, si angunos hombres no tienen [calo]!

No era opinión muy corriente ésta del malévolo Mocejón en el concurso, ni, en honor de la verdad, existían razones para que lo fuera; pero, en cambio, abundaba, entre los que nunca habían podido lograr la tesorería, la de que el tesorero no sabía serlo; que todos los achaques del tesoro consistían en la falta de un hombre que supiera administrarle como era debido, y que el Sobano, con todo su saber, no alcanzaba á enderezar lo que torcían otros en punto á intereses del gremio.

Éstas eran las notas de color sombrío que salpicaban aquel cuadro tan alegre y pintoresco, y la base del rumor incesante que se observaba entre sus personajes. Porque el verdadero peso de la discusión le llevaban, en nombre de la junta, el Sobano; y entre el concurso, hombres de buena voluntad, como tío Mechelín y otros compañeros, que aunque también trataban los puntos de medio lado, al fin los trataban racionalmente. Por lo común, el Alcalde de mar era quien encauzaba y dirigía los discursos, cortando extravíos ociosos y razones impertinentes; llevaba los remates á donde debían y cuando debían llevarse, y formulaba los acuerdos, á los cuales no se oponían, al cabo, ni los más díscolos. Sin esta especie de dictadura, jamás hubiera sido posible en aquel Cabildo, ni en el de Abajo, ni en ningún concurso por el estilo, resolver cosa alguna.

Y se resolvió entonces, al cabo de hora y media de sesión al aire libre, bastante respetada de curiosos y transeuntes, y, lo que es más raro, de las hijas y mujeres de los congregados allí, hembras capaces de todo menos de desacatar los preceptos tradicionales, que eran leyes para el gremio; se resolvió, digo: